La carretera y la ciudad

Munford, Lewis (1958)

Revista de urbanismo

No 12 junio de 2005

ISSN 0717-5051

congestión vialCuando el pueblo norteamericano, a través del Congreso, votó hace poco (1957) un programa de 26 billones de dólares para carreteras, lo más caritativo que puede pensarse en esa resolución es que no tienen la menor idea de lo que están haciendo. Dentro de los próximos quince años [1958-1973], sin duda alguna lo habrán descubierto, pero entonces será demasiado tarde para corregir todo el daño causado a nuestras ciudades y nuestras campiñas, no menos que a la eficiente organización de la industria del transporte, por este programa mal concebido y tan absurdo por lo desequilibrado. Sin embargo, si alguien hubiera predicho estas consecuencias antes de que esta vasta suma de dinero se votara en el Congreso, bajo la especiosa, en realidad flagrante deshonestidad disfrazada como medida de defensa nacional, dudo que nuestros compatriotas hubieran prestado oídos o comprendido, o que hubieran podido cambiar su manera de pensar si hubieran comprendido. Porque el modo de vida norteamericano corriente está fundado no sólo en el transporte motorizado, sino en la religión del automóvil, y los sacrificios que la gente está dispuesta a hacer en aras de esta religión, están fuera del reino de la crítica racional. Tal vez lo único que pueda volver el buen sentido a los norteamericanos será una clara demostración del hecho de que su programa de carreteras barrerá tal vez la misma área de libertad que el automóvil privado promete conservarles.

Mientras los automóviles eran pocos, el que lo tenía era un rey: podía ir a donde le placiera y detenerse cuando quisiera; y hasta la misma máquina parecía una invención compensatoria para la inflación de un ego que había sido disminuido por el éxito de la mecanización. Esa sensación de libertad y poder sigue siendo un hecho sólo en áreas poco pobladas, en el campo abierto; la popularidad de ese método de escape ha defraudado las esperanzas que una vez alentó. Al usar el automóvil para huir de la metrópoli, el automovilista siente que sólo ha transferido la congestión a la carretera, y por ende la ha duplicado. Cuando llega a su destino en un suburbio distante,encuentra que la campiña que buscó ha desaparecido; más allá de él, gracias a los caminos para automóviles, sólo hay otro suburbio, tan triste como el suyo. Para tener un mínimo de comunicación y sociabilidad en esta vida dispersa, su esposa tiene que convertirse en un chofer de taxi como ocupación diaria y el dinero que cuesta mantener en movimiento todo el sistema se resuelve en escuelas vergonzosamente recargadas de impuestos, policía inadecuada, hospitales como poco personal, áreas de recreo demasiado concurridas, y bibliotecas mal sostenidas. Abreviando, han sacrificado su vida integral al automóvil, como alguien que enloquecido de pasión, destruye su casa para dilapidar sus entradas en una amante caprichosa que promete goces de los que muy de vez en cuando puede disfrutar.

Artículo completo en PDF:

LA CARRETERA Y LA CIUDAD

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s