Así es Caracas

En 1980, mientras vivía en exilio, Tomás Eloy Martínez dedicó este homenaje a la capital venezolana. El texto hace parte del libro Ciertas maneras de no hacer nada, que será publicado por la editorial La Hoja del Norte en enero de 2013. 

caracas

 

Uno

Estos brotes del pasado que sucumben a la voracidad de las piquetas no despiertan entre los caraqueños ni un ramalazo de melancolía. Para una ciudad que se alimenta de la esperanza y vive en estado de perpetua rebelión contra lo que fue, todo azulejo de la infancia, todo tejado rojo de la memoria, ya no merecen ser contemplados. Caracas se niega a recordar, porque ha colocado su identidad en el día de mañana, no en el de ayer.

Solo en las casas finiseculares de La Pastora y en algunos rincones perdidos de El Paraíso se encienden las lámparas votivas del pasado. En una ciudad que ya no tiene espacio para los recuerdos del hombre –porque el hombre mismo ha debido trasladar su habitación a los carros–, aquellos últimos cruzados de la tradición caraqueña han defendido, con una vigilia de años, su derecho a conservar los balcones donde antaño las muchachas casaderas aguardaban el desfile de los galanes, los patios con sus matas de mamón y de mango, el cuarteto de paraqués –abiertos a cualquier imaginación de la familia– y los aleros a cuya sombra las abuelas contaban historias que el progreso ha descolorido.

Caracas siempre fue la malquerida de Venezuela. Juan Vicente Gómez, el dictador que quiso domesticar al país durante las primeras décadas del siglo, la sometió a la humillación de conservarla como capital a la vez que se negaba a aceptarla como asiento de su gobierno. Así la sojuzgó a través de la indiferencia. Marcos Pérez Jiménez, en cambio, la trasmutó. Insatisfecho del cuerpo que la ciudad tenía, le construyó un cuerpo nuevo a imagen y semejanza de sus delirios. Rayó el largo tórax del valle con autopistas y distribuidores, puso fin a las mansiones lujuriosas del pasado, sustituyéndolas por torres y mausoleos babilónicos que pretendían desgastar el señorío del Ávila. Caracas detestó el cuerpo que le había sido impuesto, pero jamás sintió nostalgia por el que había tenido.

Los restos del esplendor yacen, por eso, en la misma infelicidad y descuido que las cartas de amor que llegan demasiado tarde. Hay arcos mozárabes quemados por el olvido, bustos griegos de mármol sepultados por capullos de vidrio y de cemento –para tornarlos imposibles a la mirada–, y a veces, en una inesperada calle ciega, casitas de muñecas por las que rondan todavía las órdenes de Cipriano Castro.

Pero ya nadie ve, porque la desmemoria prohíbe toda mirada.
Dos

La gloria llegó temprano a Venezuela. Las casas del poder, en cambio, se construyeron demasiado tarde, cuando las guerras se tornaron menos importantes que las intrigas de palacio.

A mayores intrigas, palacios más fastuosos. De allí que en Caracas los monumentos tengan dos clases de linaje: la austera y aldeana clase de los tiempos de gloria, cuando la aureola simbólica de las casas era hechura del pueblo; y el linaje opulento de los tiempos de poder, cuando las casas eran reflejo de un poder lejano, paños ajenos y maravillosos con los cuales los señores feudales de la nueva Venezuela querían inútilmente disimular su propia gloria.

A esa primera estirpe corresponden la Casa Natal del Libertador, la Catedral, San Francisco, la Quinta Anauco, el puente de Carlos III y la Cuadra Bolívar. A la otra, que Antonio Guzmán Blanco hizo brotar de sus sueños megalómanos, pertenecen el Congreso, Miraflores, el Panteón y La Planicie.

Aquellos no necesitaron del tiempo para que madurara su gloria; a estos, en cambio, solo el tiempo les dio lustre. Unos y otros fueron poblándose de fantasmas de linaje también diverso: a los primeros se les rinde veneración, a los segundos se les teme.

Los monumentos del poder son, sin embargo, más abundantes que los de la gloria. Así sucede con la historia misma, y acaso con el recuerdo de los hombres.
Tres

El amor no admite condiciones. Y los caraqueños han aprendido a querer a su ciudad aun en los rincones donde es fea y desatinada. Aman el marroncito al paso, las caries de los cerros, el atardecer entre ardillas y palomas en la Plaza Bolívar, la chicha artesanal que se compra en las puertas de la Universidad o en la esquina de la Funeraria Vallés, el raspado con los colores del arcoíris, el regateo en las quincallas de El Silencio, los brazos musculosos que protegen a las muchachas peinadas con rollos en la tarde de los sábados, las violetas del Ávila, las flores de María Lionza, los carros eternamente montados en las aceras, la imposibilidad de caminar, el trotecito de las mañanas por el Parque del Este, un licor de guayaba que se fermenta en Catia, la reja de una ventana que –a la vuelta de siglo– todavía huele a novia, la conversación a la vera de los jeeps que aguardan en la Redoma de Petare.

La ciudad es como es, desordenada y absurda, pero si fuera de otro modo los caraqueños no podrían amarla tanto.

Tomado de: http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2692

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