Historia y docencia

El profesor escribió:

La crítica de la ciencia de la Historia y el trabajo docente

 Miguel Ángel Burgos Gómez

  “Yo sé muchas cosas, es verdad./Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto;/Que la cuna del hombre la mecen los cuentos
Que los gritos de angustia/del hombre los ahogan con cuentos
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos/Que los huesos del hombre los entierran con cuentos
Y que el miedo del hombre/ha inventado todos los cuentos
Yo sé muy pocas cosas, es verdad/Pero me han dormido con todos los cuentos
Y sé todos los cuentos…”

León Felipe.

  1. 1.     Falacia y paradoja

“La palabra ‘teoría’ procede del griego theoría que tiene la misma raíz que ‘teatro’, una palabra que significa ‘ver’ o ‘hacer un espectáculo” (Bhom, 1987, 22). Es decir, una manera de ver el mundo, pero también una manera de montar el espectáculo de la representación de esa manera de ver, en donde ‘ver’ tiene el sentido profundo del sentir con todo el cuerpo y sus atributos. Nadie puede prescindir de una manera de ver el mundo ni puede evitar que algún otro, al observar sus acciones,  pueda interpretar esa manera de ver. Cuando decimos ‘sus acciones’ no nos referimos solamente al hacer de su cuerpo, sino a que su cuerpo  actúa hacia los otros haciendo uso de todos los lenguajes a su disposición, por supuesto el ‘lenguaje natural’ y también las extensiones creadas como dispositivos para significar, los sistemas de escritura, y todo aquello que es susceptible de ser interpretado. La acción de uno significa para otro, aún a pesar del actor. Del discurso de la acción dan cuenta, entre otros, autores como Paul Ricoeur (1981) y de “hacer cosas con palabras” lingüistas como Austin y Searle (1980), desde sus diferentes perspectivas hermenéutica  y pragmática respectivamente.

Se infiere, por tanto, que la separación excluyente entre teoría y práctica es una falacia o aporía dirían otros, es decir, es incoherente con la vida misma. Pero la vida misma se rige por esta falacia, de ahí que nuestra vida sea incoherente, o que sea ella misma la que enuncia ese ‘doble lenguaje’ del que hablaba G. Orwell en su 1984. Una paradoja: en teoría no hay separación entre teoría y práctica, pero en la práctica ahí está esa persistente separación.

En su libro Los orígenes de la ciencia social, Ronald L. Meek escribe sobre las primeras ideas que apuntaban a aplicar los métodos de la ciencias naturales al estudio del hombre y de la sociedad y destaca una que considera importante: “la denominada ‘ley de las consecuencias involuntarias’, o dicho toscamente, la idea de que lo que sucedía en la historia era (por citar a Ferguson) ‘el resultado de la acción humana, pero no la ejecución de un plan humano’” (Meek, 1981, 1)

Esta inspirada idea de las consecuencias involuntarias de la acción humana –a la que hay que estar muy atentos-  es una primera formulación de cómo detrás de la acción racional del individuo se esconde la irracionalidad social. He ahí otra manera de manifestarse de la paradoja citada arriba. La solución de esta paradoja ha sido un reto para los científicos sociales y en particular para los historiadores. Mientras no se formule una solución coherente no se habrá superado a la visión positivista con la que se inicia y continúa la elaboración de la ciencia histórica y por consiguiente de su enseñanza.

Toda acción implica una teoría, así también toda teoría implica una manera de actuar. La docencia es una práctica. Ni quien lo dude. La investigación historiográfica también. Pero sólo es posible desentrañar la teoría que les subyace si damos cuenta del su carácter histórico, es decir de su pertenencia a un discurso más abarcador que rige y que se refuerza a sí mismo en cada una de las pautas que garantizan la permanencia de las condiciones de vida actuales.

En el programa de un seminario de posgrado en Historia se postula lo siguiente:

“Por teoría de la historia no nos referimos a una esfera ontológica de la realidad, esto es, no se trata de estudiar cómo por medio de la acción los grupos sociales hacen la historia, sino de una esfera epistemológica del modo como procede la investigación en la ciencia de la historia. Esta distinción conceptual es necesaria porque en español se usa la misma palabra, historia, para referirse al objeto de estudio y a la ciencia. En esta línea de investigación lo que se persigue es reflexionar sobre la forma en que la ciencia de la historia produce y verifica sus conocimientos”. (Vergara L., Mendiola A., 2010)

Esta es una visión positivista en una de tantas variedades. No es que se niegue la necesidad de estudiar “del modo como procede la investigación en la ciencia histórica”, sino que una teoría más profunda de la historia debe resolver cómo esta esfera epistemológica se relaciona con la “esfera ontológica de cómo por medio de la acción los grupos sociales hacen la historia” Se hace necesaria una teoría de la historia más abarcadora.

El hacer la escritura de la historia —investigación y verificación mediante— es algo que significa que por medio de la acción “los grupos sociales hacen la historia”. El o los grupos de historiadores en este caso, ni más ni menos que los campesinos protestantes del XVI o los pintores del Renacimiento. La dificultad teórica está precisamente en cómo abarcar en un discurso coherente esos dos mundos conceptualmente separados por la ciencia positiva el del sujeto y el del objeto.

En este punto sostenemos el punto de vista de que toda teoría general nueva no descarta por completo a las precedentes, sino que las incorpora como casos especiales y tiene que remitirse a estas cuando sea necesario. Esto ocurre en todas las ciencias y la Historia no es la excepción. Una Nueva Teoría general emerge cuando las teorías en uso se revelan insuficientes para los problemas que eventualmente se ven irresolubles a la luz de antiguas teorías. Se trata de Insuficiencia, no de falsedad.

Esta separación entre teoría y práctica  que se menciona  antes es, a su vez, un acontecimiento histórico y obedece al paulatino desarrollo de una producción basada en las máquinas. Mientras el artesano mantenía en su propio cuerpo sabiduría y habilidad manual tal separación era impensable. Es la medida en que la habilidad corporal se transfiere a las máquinas también va ocurriendo el proceso de transferencia del saber hacia grupos especializados en el conocimiento: los científicos.

Conforme se desarrolla la sociedad industrial maquinizada se va configurando el discurso científico en diferentes disciplinas o especialidades, cada una con su propia jerga, cada una con su propio celo profesional. Sin embargo, ante los problemas irresolubles que se presentan como una expresión de la “ley de las consecuencias involuntarias”, los científicos proclaman y buscan soluciones en lo que se ha dado en llamar la interdisciplinariedad.

Howard Davies cuenta que “En un arrebato exasperado, justo antes de abandonar la presidencia del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet se quejó de que «en tanto responsable de las políticas durante la crisis, los modelos [económicos y financieros] disponibles me resultaron de escasa ayuda. De hecho, diré incluso más: frente a la crisis, nos sentimos abandonados por las herramientas convencionales».

Trichet continuó solicitando inspiración en otras disciplinas –física, ingeniería, psicología y biología– para lograr explicar el fenómeno que había experimentado. Es decir la crisis económica que reventó en 2008. El mismo Davies menciona como un avance el que Ben Bernanke, actual Presidente de la Reserva Federal de EU sea un experto en historia de La Gran Depresión y que el el Institute for New Economic Thinking (INET) recomiende que en las escuelas de Economía “debería enseñarse más historia económica” (2012, 1)

Por fortuna para los historiadores profesionales no les toca en la división social del trabajo científico ser los desesperados actores que deban tomar decisiones al vuelo en medio de una catástrofe social. Si acaso los tradicionales escribirán sobre la crisis de 2008 cuando las aguas se hayan aquietado –si es que eso es posible-  y la distancia en el tiempo, tal vez dentro de veinte años, garantice la  “objetividad” de su ciencia.

No obstante, hay otras opiniones al respecto: la corriente historiográfica que se denomina “Historia del presente” reivindica la necesidad de “la posibilidad de análisis histórico de lo que esta vivo e inconcluso, que comporta una relación de coetaneidad entre la historia vivida y su escritura.” (Soto, 2004, 101) Sin duda es este un proyecto interesante que apunta a una nueva visión, pero que sigue siendo insuficiente.

Pretender una historia del presente en un contrasentido flagrante: todo lo que se narra es ya acerca de un acontecimiento pasado. El hecho histórico, aunque sea el de hace sólo unos minutos, es una configuración convencional discursiva, es una interpretación de la experiencia.

 

2. La Ciencia Histórica y su interlocutor

Edmundo O´Gorman en su Crisis y Porvenir de la Ciencia Histórica escribe:

¿Quién es a fin de cuentas, el sujeto  poseedor de todo ese montón de verdades acumuladas por no decir de todas las acumulables de que es capaz la historiografía naturalista? Se me dirá que el conjunto de los historiadores del presente y del futuro, y aun de sus lectores. Pero he allí que aparece una entidad que no es ningún hombre de carne y hueso, concreto y vivo. En otras palabras, un sujeto impersonal que en definitiva no es nadie. (1947. 6)

Por otro lado Hegel en sus Lecciones sobre filosofía de la historia escribe que “El Estado es… el que por primera vez da un contenido que no sólo es apropiado a la prosa de la historia, sino que la engendra.”

Entre un sujeto que no es nadie y “el Estado” se encuentra el interlocutor de la colosal producción historiográfica, una verdadera industria, que aunque en su raíz es artesanal, la imprenta la convirtió en una producción en serie y en gran escala. Si bien el investigador de “alto nivel” se regodea en la erudición, en la consulta de las fuentes más diversas y originales, la producción en masa obliga a la elaboración de digestos sintéticos para el consumo de la educación básica y público en general: la divulgación de la ciencia histórica.

En la actividad investigativa de los tiempos pasados, el profesional de la ciencia histórica se deslinda, aparentemente, del espectáculo que elabora: no vivió los tiempos y los acontecimientos de que trata el tema. En la docencia, en cambio, se realiza un trabajo retórico de cuerpo presente, que haciendo uso de lo escrito, monta el espectáculo de la enseñanza frente a y con otros sujetos que se suponen actores de un acontecimiento histórico: la reproducción misma del discurso historiográfico.

“La institucionalización de una disciplina depende de diversos factores, pero ciertamente entre ellos figura el de que existan mecanismos que permitan formar en el ‘arte’ o técnica propios de la actividad a nuevas generaciones, y que un número significativo de estas se sientan atraídas por convertirse en ‘profesionales’ de ellas” dice Sánchez Ron (2003). La demanda de formar nuevas generaciones de individuos conocedores de las ciencias obedece al desarrollo de una sociedad cuya producción está basada en las maquinas y en la industria. En ese mundo en que la sociedad misma se va convirtiendo en una megamáquina, para usar el término de Lewis Mumford (2010).

Todas las ciencias lograron su institucionalización a lo largo del siglo XIX, es decir, a la par de la consolidación de la industria en los países pioneros y en la consumación de la construcción de las naciones y de sus gobiernos. La propia ciencia empezó a generar su historia como una epopeya de héroes míticos cuya hazaña era la invención tecnológica y el descubrimiento de las leyes universales de la naturaleza

Parafraseando a O´Gorman se puede decir que la invención de Grecia proporcionó a los científicos y a los historiadores de la ciencia lo que Mircea Eliade llama “el mito de origen”. Toda ciencia que se respeta busca su antecedente en algún personaje griego. La Historia no es la excepción y Herodoto es el dios padre. “El mito –escribió Malinovsky- entra en escena cuando el rito, la ceremonia, o una regla social o moral, demandaban justificación, garantía de antigüedad, realidad y sacralidad”. Es así como se generalizó la invocación de la historia patria en las naciones modernas.

Sin embargo, como es sabido, la ciencia histórica se ha desarrollado pintando su raya con respecto a la ficción, como bien lo señala De Certeau. Desechando mitos, leyendas y consejas populares.

Es difícil trazar una línea divisoria epistemológica entre la historia pre científica y la ciencia histórica del siglo XIX. Martín Bernal cita un pasaje atribuido a Barthold Niebuhr:

“Soy historiador porque soy capaz de construir un cuadro entero a partir de unos fragmentos  disgregados; y cuando sé positivamente donde falta una parte y cómo rellenar los mismos, resulta increíble cuanto puede reconstruirse de aquello que parecía perdido […] …” la confesión de Niebuhr no puede ser más honesta y podría muy bien aplicarse a todos los historiadores. (1993, 281)

La Historia se hace oficialmente una disciplina especializada en la Universidad de Berlín proceso en el que destaca el mencionado Bhertold Georg Niebuhr (1776-1831) de origen danés, historiador del estado prusiano. Fue ejecutor de la reforma agraria en Prusia y erudito sobre la civilización de Roma. Sus estudios dieron a la historiografía su primer aparato crítico, que permitió distinguir entre las fuentes de esa ciencia lo seguro y comprobado (por contraste), y desechar las leyendas y las deformaciones de la tradición dominante. Sentó “las bases sistemáticas de la erudición histórica a partir del examen de la autenticidad de los documentos y el análisis de las tendencias de sus fuentes: lo que hoy se conoce como la crítica textual alemana.” (Apaza, 2012).

La creación de la ciencia histórica puede decirse que es una obra prusiana. La Philologie o Altertumswissenschaft, o ciencia de la antigüedad. Dice Martín Bernal que “fue la primera en instaurar una estricta red de relaciones meritocráticas, entre maestros y discípulos…para asegurarse la mayor parte de las subvenciones estatales y una serie de revistas especializadas escritas en una jerga profesional, cuya finalidad era mantener las barreras que separaban a los expertos en la materia del público profano” (1993,263)

Humboldt el reformador y Niebuhr el filólogo vieron con claridad que la reforma educativa constituiría el pilar fundamental del orden prusiano y alemán del siglo XIX. (loc. Cit. 264)

Es interesante hacer notar que estas barreras de la jerga profesional es una característica común de todo discurso científico.

A Franz Leopold von Ranke (1785-1886), filólogo y latinista, se le atribuye la consumación de ese proceso de dar a la Historia  la categoría de ciencia siendo historiador oficial de la Corte Prusiana. Ranke pública en 1824 la Historia de los pueblos romanos y germánicos, en el que agrega un apéndice sobre su método. Esto le vale ser asignado a la cátedra en la Universidad de Berlín.  En su extensa obra se incluyen estudios históricos sobre Prusia, Inglaterra, España y su famosa: Historia de los papas en la época moderna. En 1875 publica Historia Universal. Ranke se baso en gran parte de su historia europea en los informes de los embajadores venecianos.

Norbert Wiener en su Cibernética y Sociedad escribe en los años 50 del siglo pasado que el culto al secreto de nuestra época tiene un paralelo en la Venecia del Renacimiento. “Entonces, al servicio extraordinariamente exacto de obtención de informaciones de los embajadores de la Señoría, que forma una de nuestras principales fuentes de historia europea, acompaño un celo nacional tan extremado por el secreto que el Estado ordenó el asesinato, en forma privada, de los artesanos emigrantes, para mantener el monopolio de ciertas artes y manualidades escogidas” (1981,99)

El culto a los archivos y a los documentos oficiales se deriva de que estos necesitan ser “exactos” por cuanto son instrumentos de control tanto de la población como de la producción y trasiego de mercancías tangibles e intangibles. Del control geopolítico y militar. El archivo oficial y sus documentos son también un acontecimiento histórico. Entre la jerga profesional y el acceso al secreto y las subvenciones se confirma lo dicho por Hegel: El Estado… da un contenido que no sólo es apropiado a la prosa de la historia, sino que la engendra.” Por lo tanto es el interlocutor del discurso historiográfico o para mejor decir, de la ciencia histórica.

De Ranke para acá se han incorporado a los documentos oficiales otras muchas “fuentes”, de hecho todo objeto que es susceptible de interpretación. Sin embargo es de hacer notar una oleada de cientificidad en la historia y en general en las ciencias sociales que se origina en el propósito de cuantificación. Si hay un aspecto que daría cuenta de lo artificioso que resulta la división entre ciencias sociales y naturales es precisamente el uso de la estadística como instrumento de diagnóstico. Mientras las ciencias sociales cuantifican para acercarse a la “exactitud” de las naturales, con la aplicación de la estadística, en la Física con Bolzmann, en Alemania y W. Gibbs en Estados Unidos se rechaza “la suposición de que los sistemas con una misma energía total pudieran ser clara, indefinida y definitivamente descritos por leyes causales fijas” En lugar de estas, se introduce la estadística en la física.(Wiener, 1981, 12)

Pero hay algo más: el uso de la estadística puso de relieve la falacia heurística de la ciencia: el objetivo no es la verdad, sino la eficacia en el control de los objetos o entes como diría Heidegger. Esta es una investigación que rebasa los límites de este trabajo.

La oleada de cuantificación en la ciencia histórica llegó al extremo de negar el carácter narrativo de la historia en su afán por deslindarse de la literatura.

A lo largo del siglo XX la producción historiográfica se hace colosal, abordando los más diversos temas en las más diversas corrientes: la cliometría, historia serial, historia de las mentalidades, historia cultural, microhistoria etc.. el historiador profesional ha atravesado las aguas procelosas que lo remiten casi irremediablemente hacia la ciencia positiva por más que reme a contracorriente con los argumentos más diversos y con las afiliaciones más disímbolas. A pesar de las investigaciones que pretenden dar relieve a los irrelevantes o voz a los vencidos, el interlocutor sigue siendo el Estado. La dispersión de temas es algo que aborda con ironía no superada La Historia en Migajas de Francois Dosse.  La ciencia histórica en el siglo XX de Georg Iggers, por otro lado, da cuenta en un libro accesible y sintético de los avatares de la ciencia histórica en esta etapa de tal eclosión de textos que no alcanzarían varias vidas para leerse.

La ciencia histórica no sólo se deslinda de la literatura sino también del periodismo, caracterizándolo como un género menor invadido por la tendencia a ser vehículo de la propaganda facciosa.

Justo en la era de Wikileaks, de la digitalización masiva de archivos y de la multiplicación de “fuentes” en las redes electrónicas, los historiadores tradicionales tienen que plantearse si la ciencia histórica tiene una teoría consistente con los problemas que plantea la pervivencia de la “ley de las consecuencias involuntarias” que no es otra que la ley del valor de las mercancías.

Los historiadores de todas las tendencias, del marxismo inglés al economicismo de Annales, respetan y defienden a capa y espada sus métodos y “técnicas” que como se ha visto son inseparables de una teoría subyacente. Por otro lado, los posmodernos no  aciertan a plantear una crítica eficaz que recuperando las viejas teorías y el monumental trabajo de miles de científicos sociales plantee una salida abarcadora no sólo de la ciencia histórica sino de toda la ciencia, o para decirlo de un modo más preciso, del discurso científico.

3. Escritura, mercancía y dinero

Claude Levi-Strauss en su Tristes Tropicos escribió:

“La escritura es una cosa extraña, es un fenómeno que inevitablemente viene acompañado por la formación de ciudades e imperios: la integración de un sistema político, es decir, de la distribución de un considerable número de personas en una jerarquía integrada por castas y clases…tal parece que más bien favorece la explotación que la ilustración de la especie humana.” (1964,291)

De acuerdo con la ciencia histórica, esta se ocupa de un periodo que se inicia con lo que se llama la “invención” de la escritura. Este acontecimiento se sitúa alrededor del año 3000 antes de nuestra era en la antigua Mesopotamia. Antes de eso está la pre-historia, objeto de otros especialistas, los arqueólogos. Sin embargo, siendo este el hito que divide en dos grandes periodos el devenir humano, en cuanto es establecido, el asunto de historiar la escritura se deja en manos de una especialidad dentro de la historia, ocultando así su función esencial en la organización social y aún más, su relación con la emergencia del intercambio de mercancías y su consecuente: el dinero.

Sin escritura no hay historia. Esta idea matriz es un producto del pensamiento científico moderno que supone que antes del sistema cuneiforme de escritura no había en la sociedad humana la capacidad de aprehender simbólicamente el pasado. Es necesario reconsiderar este punto de vista.

Antes que nada, el origen de la escritura cuneiforme, los token o fichas de barro usadas ya en el milenio 9 antes de nuestra era por los antiguos sumerios, fueron un sistema de contabilidad de mercancías, esto es de bienes que ya se medían por el tiempo de trabajo. Antes que las letras fueron los numerales.

Surgen dos preguntas: primero, si la aparición de los sistemas de escritura marca el inicio de la Historia propiamente dicha ¿Por qué no se sigue el desarrollo de este hilo rojo a lo largo del devenir humano? Y segundo: si la aparición de estos sistemas esta indisolublemente unido a la transformación de los bienes comunitarios en mercancías ¿por qué se omite este aspecto central que pudiera constituirse en una teoría más abarcadora de la Historia?

El código de Hammurabi tan celebrado como una pieza clave en esta historia contiene 282 disposiciones basadas en la ley del talión, esto es la representación jurídica y normativa de los equivalentes mercantiles.

No es casual que el alfabeto y su difusión se atribuyan al pueblo comerciante de los fenicios, que lo introdujeron en Grecia de donde pasó a Roma. Comercio y alfabeto marcharon juntos. La mercancía es la mercancía y advertimos: no es asunto exclusivo de economistas. La escritura no es asunto exclusivo de literatos y filólogos y el dinero, cómo todos sabemos, no es asunto sólo de banqueros, sino que nos atosiga a todos por igual.

“La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un inmenso arsenal de mercancías y la mercancía como su forma elemental” Así arranca El Capital de Carlos Marx, a quien no le interesa lo más mínimo lo que podamos interpretar. La mercancía, como hemos visto, tiene una trayectoria milenaria, el dinero también. Las primeras monedas de que se tiene noticia datan del siglo VII antes de nuestra era y fueron acuñadas en Lidia una región que hoy se encuentra en Turquía. De modo que el régimen actual es sólo el despliegue total de dichas formas antiguas. “La mercancía -continua Marx- es un objeto externo, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas…el que broten…del estomago o de la fantasía no interesa en lo más mínimo para estos efectos.” Nótese que aquí se habla de “la fantasía”, no sólo de la comida sin más, sino del platillo adornado en una mesa con flores digamos. Esto es muy importante pues, sin tratar de enmendar la plana –faltaba más- “la fantasía” requiere cuentos, novelas, películas o misas. Lo que se trata aquí es que todo eso y más se compra y se vende en este mundo. El “inmenso arsenal de mercancías” incluye el voto por un candidato –como todos sabemos- las prácticas sexuales o la consulta con el psicólogo. Dicho de otra manera, cuando se dice “necesidad humana” la imaginamos vestida con el ropaje cultural del deseo. Por otro lado, el que las necesidades o deseos broten de la fantasía presupone que la utilidad de una mercancía puede referirse a una actividad lúdica y necesariamente placentera. Pagar por ver un juego de futbol, asistir a la ópera o pagar para bailar salsa. De manera que los “marxistas” culturales leyeron con atención insuficiente.

“Todo objeto útil…puede considerarse desde dos puntos de vista: atendiendo a su calidad o a su cantidad.”  Por eso los sistemas de escritura primigenios atendían a este doble carácter: simbolizar la calidad o cualidad del bien: trigo, ovejas o aceite y a su cantidad, su medida, por eso eran sistemas contables.

“Cada objeto de estos representa un conjunto de las más diversas propiedades y puede emplearse, por tanto, en los más diversos aspectos. El descubrimiento de esos diversos aspectos y, por tanto, de las diferentes modalidades de uso de las cosas, constituye un hecho histórico. Otro tanto acontece con la invención de las medidas sociales para expresar la cantidad de los objetos útiles.”

En este párrafo se presupone la historia de la metalurgia y de la gastronomía, del teatro, del circo y la novela, del cinematógrafo y de la sastrería, de la perfumería y de las cartas del tarot. Pero también de los instrumentos cuantitativos, no sólo del sistema métrico decimal, sino del álgebra, el cálculo y la estadística, ya mencionada más arriba y del dinero que es el instrumento de cuantificación por excelencia. Pero lo más importante: caracterizar a la invención o descubrimiento de todo esto como un hecho histórico. Digamos, que lo histórico o el carácter histórico del ser humano significa que sus creaciones son producto de la interacción social discursiva, narrativa y pedagógica: discurso de la acción y acción del discurso. En otras palabras, el descubrimiento o invención del uso de las cosas se logra haciendo uso del lenguaje, de todos los lenguajes y los sistemas de escritura, todos los sistemas de escritura cuya invención, a la vez, también constituye un hecho histórico.

El llamado valor de uso de la mercancía es su cualidad que la relaciona con la satisfacción de una necesidad, pero lo que propiamente la convierte en tal es que se pueda intercambiar por otra diferente en unas cantidades determinadas. Esta determinación obedece a  un tercero incluido: el tiempo de trabajo socialmente necesario es decir, el valor de cambio.

En las sociedades preindustriales el tiempo de producción de los bienes estaba ligado a los ciclos naturales de la agricultura o la ganadería. Por ello originalmente el comercio y el manejo del dinero (ganado, plumas de ave, cacao y un sinfín de bienes de uso y finalmente metales preciosos) tenían un carácter sagrado. Es con el advenimiento de la sociedad moderna que los primeros economistas postulan que la madre de la riqueza es  natura y el trabajo el padre.

4. Los ladrones del tiempo

Jacques Le Goff en un pequeño gran libro, La bolsa y la vida (2003, 57) nos cuenta sobre la práctica de la usura en la edad media, esa “serpiente de cuatro cabezas, Hidra que penetra toda cosa”. Cita a Tomás de Chobham “el usurero comete un robo o una usura o una rapiña, pues recibe un bien ajeno contra la voluntad del propietario, es decir, Dios” y continua Le Goff : “ El usurero es un ladrón particular; aun cuando no turbe el orden público, su robo es particularmente detestable en la medida en que se roba a Dios. En efecto, ¿qué cosa roba si no el tiempo que transcurre entre el momento en que él presta y el momento en que es rembolsado con interés?” Más adelante: “El tiempo pertenece a Dios y sólo a Él. Las campanas cantan sus alabanzas en esa época en que el reloj mecánico no había nacido pues sólo aparecerá a fines del siglo XIII.”

Otra referencia interesante hace Le Goff, junto a los usureros también son fustigados otros actores: “Se trata delos ‘nuevos’ intelectuales que, fuera de las escuelas monásticas o catedrales, enseñan en la ciudad a estudiantes de quienes reciben un pago, la collecta.  San Bernardo, entre otros, los fustigó y los llamó ‘vendedores, mercaderes de palabras’. ¿Y qué venden esos hombres? La ciencia, la ciencia que, como el tiempo, sólo pertenece a Dios” (op.cit. 60)

Más tarde unos y otros serían no sólo justificados, sino ensalzados anunciando así la llegada de la moderna sociedad capitalista. El saber se compra y se vende, ya no es de Dios, es del dueño de las patentes, de los “derechos de autor” o de la propiedad intelectual. Y el tiempo, el tiempo también se compra y se vende, el tiempo de trabajo, el tiempo de vida, la “fuerza de trabajo” diría Marx. Y al moderno robo del tiempo se le llama ganancia, y ocurre en el proceso de valorización del capital: la producción de la plusvalía.

Con el advenimiento de la revolución microelectrónica el dinero y las escrituras circulan por la misma red. Todas las escrituras y sistemas simbólicos: el alfabeto y la fotografía, la pintura y el cine, el álgebra y la estadística, la música y los procesos tecnológicos. Se dictan leyes contra la “piratería” porque se comprende que todas estas “escrituras” son dinero. En un retruécano lleno de ironía histórica, se revela el entrelazamiento indisoluble entre escritura y dinero, entre mercancía y sistemas simbólicos. Con la imprenta el dinero pasó de ser metal a papel impreso, con la informática se esfuma su presencia corpórea y se revela como lo que es: una relación social de exclusión y dominio.

No estamos presentando aquí una nueva teoría de la historia, estamos invitando a elaborarla tomando como referencia el hilo rojo de la relación entre escrituras, mercancía y dinero. Volviendo al principio La palabra ‘teoría’ procede del griego theoría que tiene la misma raíz que ‘teatro’, una palabra que significa ‘ver’ o ‘hacer un espectáculo’. Preguntémonos si estamos viendo todo lo que necesitamos ver y si el espectáculo que montamos corresponde con los tiempos de trabajo socialmente necesarios.

Así como el valor de cambio se impuso al valor de uso -todos tienen que poseer dinero para poseer el goce- así, la Historia oficial se ha escrito al precio del olvido sistemático del cuerpo. La Historia tiene que ser una estrategia de la existencia, del ser-en-el-mundo, para usar el concepto de Heidegger, pero para eso tenemos que saber qué significa ser-en-el-mundo-de-la-mercancía.

Octubre de 2012

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