El drenaje, un viaje al inframundo de la Ciudad de México

Las inundaciones y los socavones son la punta del iceberg para una metrópoli que libra desde hace siglos una batalla crónica contra el agua.

Julio César Cu Cámara, buzo del drenaje de la Ciudad de México. ÁNGEL PLASCENCIA

De repente todo se pone oscuro. El miedo se apodera del cuerpo de Julio César Cu Cámara, el único buzo de aguas negras de México y, probablemente, del mundo. Su vida pende de un hilo: un tubo controla el oxígeno que llega a su casco y un cable lo detiene de caer al abismo, en las profundidades del drenaje de la Ciudad de México. Cu apura el último cigarrillo antes de la inmersión. La plataforma desciende lentamente y él baja el ritmo de la respiración. Hay botellas de plástico, vidrios rotos, animales muertos, desechos humanos. Es lo que se ve en la superficie. Abajo la visibilidad es nula. “El trabajo es totalmente peligroso, pero me fascina, me gustan la adrenalina, la emoción, los retos difíciles”, afirma con una sonrisa pícara. Es otro día más en la “oficina”.

Neveras, microondas, autopartes y vehículos completos, restos de animales, troncos, fetos. Ante su casco ha pasado de todo. Lo imaginable y lo inimaginable. “Lo más desagradable, personas. Es una sensación que no te puedo describir”, hace una pausa y continúa: “Se mezclan muchos sentimientos, la responsabilidad de que tu labor sea bien hecha y el agradecimiento de los familiares cuando entregas el cuerpo”.

Cu no solo tuvo que aprender a lidiar con el miedo, sino con el asco. Le ofrecieron el puesto en agosto de 1983, después de certificarse como buzo comercial e industrial. “Trato de no pensar, me concentro en mi trabajo. Pienso mucho en mi seguridad, pero tengo mucha confianza en la gente que está arriba y me está cuidando. Pienso en mi familia y en mí, y espero que todo salga bien”, relata.

El plan era quedarse por tres meses, para integrarse a una unidad especial que da mantenimiento a la red de desagüe y atiende emergencias urbanas. Han pasado más de tres décadas y al rozar los 60 años no quiere dejarlo. “Cuando les digo que soy buzo, me dicen ‘¡qué padre!’, pero cuando les digo que soy buzo del drenaje, me responden que estoy loco, que qué hago ahí”, dice entre risas al pie de la planta 3 del Gran Canal, al oriente de la ciudad.

La tarea es titánica. Un buzo y tres ayudantes deben revisar más de 80 plantas de bombeo. Más las alcantarillas, los túneles y las operaciones de emergencia. La bitácora de Cu es un reflejo fiel de los últimos desastres hidrológicos de la ciudad, como la formación de un gigantesco socavón en la almendra central de la capital el pasado 31 de agosto y el desbordamiento del río San Buenaventura, al sur de la metrópoli, que dejó decenas de coches varados, así como avenidas y cientos de casas bajo el agua una semana más tarde.

Agua CDMX
Julio Cu se prepara para una inmersión. A. PLASCENCIA

Pocos conocen la red de desagüe como él y, aunque es mesurado en sus palabras, su diagnóstico es devastador. “Tiene que haber casi un cambio total de casi todo el drenaje. Es urgente. No será un trabajo que se lleve un año, tomará al menos 20 o 30 años”, sentencia. Cu identifica dos problemas principales: las cantidades inmensas de basura que genera la metrópoli y una infraestructura que padece lo embates de una mancha urbana que ha crecido a un ritmo vertiginoso e insostenible.

“La Ciudad de México ha librado durante siglos una batalla contra el agua, pero es una guerra destinada al fracaso”

ELENA BURNS

“La Ciudad de México ha librado durante siglos una batalla contra el agua, pero es una guerra destinada al fracaso”, señala Elena Burns, del colectivo Agua para todxs. Concebida en una cuenca cerrada sobre cinco lagos planos e impermeables, la capital ha hecho esfuerzos sobrehumanos para desahogar las presiones hídricas desde el reinado de Nezahualcóyotl en el siglo XV hasta ahora, alertan los especialistas.

La columna vertebral del desagüe capitalino depende de cuatro sistemas. El tajo de Nochistongo, la primera salida artificial de agua de la urbe, se inauguró en 1789. La segunda red fue la primera etapa del Gran Canal y se terminó en 1900, bajo el Gobierno del autócrata Porfirio Díaz. La segunda etapa de esa obra ha estado en uso desde 1954. Las obras del drenaje profundo, el más eficiente al funcionar casi en su totalidad por gravedad, concluyeron en 1975. “Una estructura hidráulica tiene, cuando mucho, una vida útil de 50 o 60 años y estamos hablando de que parte del drenaje ha operado más de 200 años”, advierte Agustín Breña, especialista de la Universidad Autónoma Metropolitana. “Esta ciudad está condenada a las inundaciones, el sistema ya no tiene capacidad y está completamente rebasado”, agrega Breña.

Inundación en Ciudad de México en 1905.
Inundación en Ciudad de México en 1905. CORTESÍA AGUSTÍN BREÑA

La megalópolis se hunde en arenas movedizas. Depende en un 70% de aguas subterráneas sobreexplotadas y cada vez más profundas (hasta 500 metros en el subsuelo) y solo extrae un 1% de los 35 ríos que desembocaban en la ciudad y que hoy están entubados o contaminados. La sobrexplotación ha provocado hundimientos, que han cambiado las pendientes de los colectores del drenaje y que han obligado a bombear las aguas pluviales y residuales, reduciendo la capacidad original de desagüe, explica Breña.

La presión y la falta de mantenimiento han provocado fisuras y las fugas se traducen en la superficie en grietas y socavones. Las zonas que no tienen agua durante el estiaje, son las que más se inundan en temporada de lluvias. “Hay una relación directa entre la inequidad en el acceso al agua y la vulnerabilidad a inundaciones“, apunta Teresa Gutiérrez, directora del Fondo para la Comunicación y la Educación ambiental.

Gutiérrez expone que a cada crisis hidrológica del agua en la ciudad ha seguido una megaobra. La nueva apuesta del Gobierno mexicano es el Túnel Emisor Oriente: “La obra de drenaje más importante en el mundo”, en palabras del director de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), Roberto Ramírez. Es un proyecto transexenal, que inició en 2008 y mide 62 kilómetros por siete metros de diámetro, con la capacidad de manejar 150 metros cúbicos por segundo.

“Estamos hablando de que parte del drenaje ha operado más de 200 años”

AGUSTÍN BREÑA

Tenía un presupuesto inicial de 12.000 millones de pesos (más de 1.100 millones de dólares, al tipo de cambio de inicios de ese año). Después de que la inauguración se ha pospuesto varias veces, el costo se ha elevado a más de 32.000 millones de pesos según extitulares de la Conagua citados por el diario Excélsior y a más de 23.000 millones de pesos, según fuentes oficiales. Hay un avance del 80% en la obra, pero la fecha de conclusión sigue en el aire, con dudas de que se abra a mediados de 2018, antes de que termine el mandato del presidente, Enrique Peña Nieto.

Hay una relación directa entre la inequidad en el acceso al agua y la vulnerabilidad a inundaciones”

TERESA GUTIÉRREZ

Los especialistas son tajantes. El agua se asume aún como un problema y no como un recurso. La terquedad de ir contracorriente (literalmente) se mantiene pese a la vocación lacustre de la cuenca del Valle de México. Se padece la ausencia de incentivos políticos para coordinar esfuerzos entre los distintos órdenes de Gobierno. No se subsanan los rezagos en infraestructura. Se producen a diario cantidades gigantescas de basura que bloquean las alcantarillas. La corrupción permite construir proyectos inmobiliarios en los últimos reductos de las zonas de recarga del acuífero de la ciudad.

“Tenemos el cóctel más peligroso, con el cambio climático como la aceituna del martini”, alerta Gutiérrez y ofrece como muestra los estragos de los huracanes y las trombas de las últimas semanas, que son cada vez más comunes y más potentes. “La toma de decisiones es opaca, vertical, autoritaria y no se abre a procesos de participación ciudadana”, sostiene Burns. Pero son pocos los que alzan la voz en la ciudad de las inundaciones y los socavones. “El ser humano se adapta a todo, a no tener agua, a inundarse… ¿Cuántas manifestaciones hubo por las inundaciones? Cuando ocurre algo decimos ‘ay qué feo se inundó’ y nada más, no protestamos y con eso las autoridades se quedan muy contentas”, lamenta Breña.

Tomado de: https://elpais.com/internacional/2017/09/14/mexico/1505368319_222576.html?id_externo_rsoc=FB_CM

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Atoyac, un río clínicamente muerto. En Puebla.

Se puede ver la cuenca del Atoyac en toda la extensión del valle. El río es múltiple, en él van todos los ríos que bajan del monte. Y los pueblos y las ciudades. Los moles y los coliformes. Y las legumbres y los automóviles. Y los textiles y sus colores. El agua que corre en el vertedero explica nuestra existencia. En el agua del Atoyac corre la historia de la ciudad de Puebla. Pero en México la naturaleza no tiene derechos. El Atoyac es un río clínicamente muerto, como lo prueban las cifras de los análisis bioquímicos. Y en el desgobierno que ronda los esfuerzos de saneamiento está la causa principal de su desgracia.

¿Cómo entender que el jueves 27 de abril de 2017  inspectores de la Comisión Nacional del Agua en el estado de Puebla clausuraran la fábrica Maritex por las descargas ilegales al río Acotzala, afluente del Atoyac, en la región de San Martín Texmelucan?

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Ilustraciones: Kathia Recio

La textilera produce más de 16 millones de toallas al año, y con sus 450 trabajadores es una de las fábricas textiles más grandes del país. Emplazada entre el reguero de invernaderos y campos hortícolas de San Salvador El Verde, ya en las faldas de la montaña Iztaccíhuatl, es el ejemplo más reciente de la devastación provocada por las industrias en la cuenca alta del río Atoyac, la que contiene la zona metropolitana de la ciudad de Puebla. Miles de empresas y centenares de pueblos de 18 municipios poblanos y 50 tlaxcaltecas arrojan en todo momento sus desechos contaminados a los arroyos, a los canales de riego, a los drenajes, ¿qué tuvo que ocurrir entonces para que la dependencia federal responsable de las aguas nacionales se decidiera al fin a someter a la planta Maritex?

Una respuesta: hoy el río es defendido por grupos civiles que se organizan, investigan, denuncian, demandan y exigen a los jueces la aplicación de la ley. Agua y saneamiento han dejado de ser territorio de funcionarios y políticos. Dale la Cara al Atoyac, A.C. en la ciudad de Puebla es un grupo ciudadano que ha invertido tiempo y recursos propios en la investigación clínica de las aguas, la defensa legal del río y la comunicación social a través de un sitio de denuncia (dalelacara.org), que ha dado lugar a una demanda de amparo indirecto presentada por civiles contra la Conagua y demás autoridades responsables, empezando por alcaldes y gobernadores. El Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A.C., en Tlaxcala, aliado a un equipo de científicos de la UNAM, lleva más de 10 años de difundir las consecuencias para la salud de la contaminación del río en San Martín Texmelucan. En marzo de 2017 este centro logra una recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos contra las autoridades omisas.

Movilización y ley.

 

¿Cómo mirar al río si sólo se le cruza por puentes urbanos grafiteados y sucios? Hay que verlo como un cuerpo vivo, con derechos plenos, con historia propia. Ha saciado la sed y construido sistemas alimenticios, ha regado campos, impulsado máquinas y transformado energías desde los tiempos coloniales. Ha levantado ahuehuetes, ailites, fresnos y pinos más allá de los 40 metros, y ha retratado contra su corriente el ramaje libre de los sauces.

La cuenca del Alto Atoyac es un tendido de campos y pueblos atado por mil corrientes a los montes de Tlaxcala y Puebla. ¿Cuál de todas esas barrancas es el Atoyac? ¿La más densa de árboles sobrevivientes? ¿En qué momento los arroyuelos dejan de ser llano y se desparraman hacia el sur de Apizaco? ¿Dónde empieza el río, entonces? ¿Ahí donde la estría alcanza el punto más alto entre las peñas del Iztaccíhuatl?

Lo podemos ver en su densidad demográfica: 22 municipios poblanos y 47 tlaxcaltecas, 108 centros urbanos y más de 2.8 millones de habitantes en un territorio de 401 mil hectáreas. Y en el manchón que ahoga al valle: la zona metropolitana de la ciudad de Puebla.

Al poniente, en el cerco de la Sierra Nevada y la serranía en la que se diluye desde Nanacamilpa hacia la ciudad de Tlaxcala, decimos que nace propiamente el Atoyac entre cientos de escurrideros que van a dar al valle. Si se mira bien, el río no es un solo río, cada ojo de agua disputa a esa altura de los dos mil 800 metros su calidad de fuente originaria.

Al oriente, el mojón de la Malinche que deja libre en su costado occidental el derrotero del Zahuapan que arrastra las aguas que han logrado escurrir desde los llanos al sur de la laguna de Atlangatepec. El río tlaxcalteca no viene en un solo hilo, los arroyos que acaban formándolo en plena ciudad de Tlaxcala se pelean por el nombre en los alrededores de Apizaco, contra las estrías de la vieja montaña.

En el extremo sur del valle el Atoyac se arrempuja contra la serranía del Tentzo, en frontera norte de la montaña mixteca, ahogado por la metrópoli poblana que tiene sometidos, al centro y al oriente, sus ríos San Francisco (entubado a lo largo de seis kilómetros en el centro de la ciudad) y Alseseca. El Atoyac choca ahí contra el monte y corre hacia el oriente hasta la presa de Valsequillo, el pudridero en el que se convirtió el sueño cardenista del agua para los pueblos campesinos. A estas alturas, el río es el vertedero de toda la inmundicia producida por la sociedad poblano-tlaxcalteca (ver imagen 1).

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Las rutas gruesas son las del Atoyac a la izquierda, que baja del Izta, y la del Zahuapan, por la que desagua Tlaxcala. Las líneas tenues son los otros ríos, los arroyos y barranquillas con sus nombres antiguos, como las del Xochiac y Xopanac que cruzan los campos de Domingo Arenas, San Lorenzo Xiautzingo, Huejotzingo y San Pedro Tlaltenango.

El río Atoyac es un río sobrediagnosticado. Por Semarnat desde 1986, por Conagua en 2008, por la UNAM en 2006 y de nuevo en 2014. Y en el 2015 por las estaciones de monitoreo instaladas a lo largo de su cauce con recursos federales. Todas concluyen: el río está clínicamente muerto.

En diciembre de 2015 la asociación civil Dale la Cara al Atoyac financia sus propios análisis químicos del agua del Atoyac en dos puntos de la ciudad, justo donde mal operan dos de las cinco plantas de tratamiento construidas en los años noventa. Los resultados son demoledores: el color está cinco veces fuera de norma; los sólidos suspendidos y disueltos doblan la norma; la demanda biológica de oxígeno va más allá 10 veces; la demanda química de oxígeno, nueve veces; fósforo y nitrógeno, cuatro veces; grasas y aceites, seis veces; coliformes, 24 veces por encima; fenoles dos veces; los sulfuros 35 veces; y de dos a tres veces los metales pesados cobre, zinc, aluminio, manganeso y fierro. No es nuevo este diagnóstico: las autoridades lo tienen desde los años noventa (ver cuadro 1).

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El estudio de Conagua en 2008 había concluido: “La evaluación cualitativa del riesgo sanitario ambiental, derivado de la contaminación química y microbiológica del río Atoyac, permite concluir que a una distancia de dos kilómetros a partir del cauce del río las consecuencias adversas, inmediatas y futuras para las poblaciones humanas se manifestarán en daños a la salud, integridad y seguridad en tanto los daños ambientales están provocando alteraciones del equilibrio ecológico de la cuenca”.

Las aguas del Atoyac contienen ocho cancerígenos, 13 compuestos que pueden serlo y un teratógeno relacionado con malformaciones congénitas (ver cuadro 2).

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En marzo de 2017 un grupo de 42 ciudadanos interpuso una demanda de juicio de amparo indirecto que puede cambiar la historia del río. Tiene por registro el 303/2017-VII. El juez tercero de distrito en materia administrativa en la Ciudad de México, Martín Adolfo Santos Pérez, a cargo del juicio, demanda como prueba el trabajo Estudio de identificación de factores de riesgo para la salud en localidades ribereñas de los ríos Atoyac y Xochiac,elaborado por el equipo de la doctora Regina Montero Montoya, del Departamento de Medicina Genómica y Tecnología Ambiental del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, que ha trabajado muy cerca del Centro de Derechos Humanos Fray Julián Garcés. El juez analiza si las autoridades demandadas han sido omisas en el cumplimiento de la normatividad en materia de residuos contaminantes a los cuerpos de agua que integran la cuenca hidrológica río Alto Atoyac. Y, por mientras, concedió la suspensión provisional.

El mismo mes de marzo la Comisión Nacional de Derechos Humanos emite la recomendación CNDH/6/20111/9437/Q contra Semarnat, Conagua, Profepa, Cofepris, los gobiernos de Puebla y Tlaxcala y los alcaldes de Texmelucan, Huejotzingo, en Puebla, y Tepetitla, Ixtacuixtla y Nativitas, en Tlaxcala, “por ser omisos en garantizar los derechos humanos a un medio ambiente sano, al saneamiento del agua y al acceso a la información”.

Tanto el juez Santos Pérez como los abogados de la CNDH valoran los compuestos que aparecen en el análisis químico elaborado por los científicos de la UNAM: cloruro de metileno o diclorometano (solvente industrial, posible cancerígeno, permanece en el aire hasta 127 días), cloroformo (posible cancerígeno que se evapora y permanece largo tiempo en el aire y puede llegar al agua subterránea), tolueno (componente de gasolinas, neurotóxico y nefrotóxico, no carcinogénico, provoca abortos) y anilinas (colorante natural o sintético, más pesado que el aire, combustible en vapor, se absorbe rápidamente por inhalación o ingestión), probablemente carcinogénicas.

Pero el análisis de la doctora Montero Montoya va más allá: a mediados de la década pasada su equipo investigó el daño producido por la exposición crónica a estos compuestos en el material genético de las células a través de muestras de sangre de 105 personas de 11 comunidades de la ribera de los ríos Atoyac y Xochiac en San Martín Texmelucan. Por eso se les llama genotóxicos, pues producen mutaciones genéticas y cromosómicas precursoras de cáncer, daños cardiovasculares, envejecimiento prematuro, infertiliad, abortos, además de teratogénesis (malformaciones en el embrión en desarrollo y leucemia). La muestra incluyó a amas de casa, estudiantes, comerciantes y maestros en localidades cercanas al río dentro de la franja de un kilómetro de las descargas de la Petroquímica Independencia, de los agricultores en las zonas de descargas de las lavanderías de mezclilla y de trabajadores cuyas ocupaciones los exponen a compuestos químicos en las industrias.

Los resultados fueron presentados en la revista Mutagenesis desde el año 2006.

“Se estudió el daño genotóxico en células somáticas de individuos que viven dentro de una franja de un kilómetro de distancia con respecto de los ríos Atoyac y Xochiac o sus canales de riego, de individuos que viven a distancias superiores de estas fuentes de agua y de habitantes de la Ciudad de México. Aquellos mostraron mayor cantidad de ese daño, que es representativo de eventos en los que los cromosomas se han roto y se han rearreglado y las células pudieron sobrevivir con esos cambios en su información genética”.

 

Glaciares perdidos. La memoria blanca es corta. Ni siquiera se nos ocurre que ahí empieza el río. Nos llega con las tormentas de invierno, cuando los vemos desaparecer por unos días envueltos en esas nubes densas que traen los vientos del norte para permitirnos imaginar su retorno en el esplendoroso azul de enero, cuando la lluvia se ha ido y ellos amanecen para nosotros. Nuestros volcanes, los que convierten esta casa nuestra en un lugar extraordinario en el mundo. Intensos, plenos, cristalinos. La fuente de agua para 30 millones de personas en la Faja Transvolcánica Mexicana: el Popo, el Izta, la Malinche y el Citlaltépetl, con su ahijado Sierra Negra, todos a la vista desde la ciudad de Puebla.

Pero sus hielos ya no son eternos. Y su depredación no se entiende sin la sociedad humana, la de la memoria corta, que no tiene para ellos una estrategia. La montaña espera nuestra mirada larga, que escuche las voces de alerta.

Por ejemplo, la voz de Hugo Delgado Granados, especialista del Instituto de Geofísica de la UNAM: “Se han perdido ocho glaciares del Popo y cuatro del Izta durante los últimos 15 años. En 1995 el Iztaccíhuatl contaba con 11 glaciares, para 2010 quedaban tres. El Popocatépetl tenía cinco, le queda uno”.

Delgado ofrece datos precisos: en 1999 se hizo una medición de los glaciares del Izta, tenían 70 metros de profundidad. Para 2004 eran únicamente 40 metros, perdiendo 30 metros de espesor. La transformación de estos colosos es un síntoma del cambio climático mundial. Entre las consecuencias de la extinción de los glaciares está la disminución de entre 10% y 30% de los recursos hídricos y de entre 20% y 30% de especies de plantas de los ecosistemas de montañas. Entre el año 2000 y 2005 el volumen del agua que bajaba del Popo al Izta disminuyó en más de 45%. El líquido que llegaba a los cinco sistemas de captación se redujo en 832 millones 275 mil litros.

 

Municipio de Santa Rita Tlahuapan, cerca del Puente del Emperador que cruza el Alto Atoyac. Un domingo de enero de 2016, a media mañana, y justo a la altura de los dos mil 900 metros el jeep deja atrás los campos de cultivo y se mete en el bosque por la brecha que desde San Rafael Ixtapaluca trepa hacia la montaña. El ojo es diestro, perfila los encinos, los ailes, los huejotes, y sabe que más arriba encontrará ayacahuites y ocotes, y poco a poco los montezumaes, los oyameles y los hartwegiis, los pinos que por mayoría sombrean estas laderas hasta más allá de los tres mil 700 metros. Pero pronto encuentra lo que los ojos urbanos no miran: la tala que aprovecha desde siempre las secas para filtrarse por las viejas brechas abiertas por la papelera que explotó por décadas estos montes el siglo pasado. Ni siquiera es un claro. A la vista están los tocones que dejaron las sierras. Los cuatro camiones ya están cargados y esperan la llegada de la noche para bajar al llano. Madera en rollo, con diámetro de 1.5 metros, que una cuadrilla de taladores ha terminado de acomodar en las estrechas plataformas de unos vehículos exactamente iguales a los que de cuando en cuando se retratan quemados en alguna de las comunidades que colindan con el bosque. Se pueden ver así en San Juan Atzompa, en San Felipe Teotlacingo, en la Preciosita Sangre de Cristo, en el propio San Rafael a lo largo de los últimos 20 años.

No hay tiempo de tomar fotografías. El jeep ha sido inmediatamente rodeado por hombres machete en mano. Alcanza a ver un rifle, pero el apremio es inmediato: “Qué chingaos quiere, qué hace en nuestros terrenos, órale, siga su camino, aquí no se le ha perdido nada, ándele cabrón, jálele pa’rriba, siga la brecha, como lo oye, no se regresa por donde vino, a ver cómo sale, no nos importa que usté venga de Puebla, lárguese, que no lo volvamos a ver aquí”. El jeep sigue la brecha hasta encontrar el corte en la frontera con el Estado de México. Es un 4×4 y logra saltar el zanjón para iniciar el descenso.

Los talamontes de Puebla, y sobre todo del Estado de México, han asolado el bosque del Izta desde mediados de la década pasada. Ejemplos: San Lorenzo Chiautzingo en 2008, en Ignacio López Rayón en 2013. Por lo menos seis camiones a la semana contabiliza entonces el Consejo de Vigilancia del ejido en San Rafael. Y en los últimos tiempos en el paraje “Hoja Blanca”. Los vecinos de Santa Rita han llegado a organizar grupos de autodefensa, y se han enfrentado a balazos con los mafiosos —en junio de 2014 un talador fue ejecutado en el paraje “La Chichorra”, en San Juan Cuauhtemoc, en la misma camioneta en la que transportaba cinco trozos de madera talados unas horas antes—. Son las pequeñas guerras civiles que ha prendido en la sierra el crimen organizado. La Profepa ha tenido que recurrir al ejército y a la PGR pues sus inspectores trabajan desarmados.

La historia de siempre: taladores armados cada vez más ligados al crimen organizado; autoridades federales sin recursos para frenar a las mafias; policías de todos los órdenes muchas veces involucrados; comunidades campesinas enfrentadas pues entre unos y otros pueblos identifican y señalan a los criminales; medios de comunicación que dan cuenta de las cifras de decomiso y que al día siguiente pasan página a otro desgarriate. Y aquí y allá, parajes como el que encuentra el jeep: árboles centenarios, con troncos de metro y medio de ancho, que habrán alcanzado los 40 metros.

 

Cada quien mira al pasar su río Atoyac. El Xochiac y el Xopanac bajan desde la falda del Iztaccíhuatl en dirección poniente-oriente y van a dar a un río mojigato y recto que desde Texmelucan avanza hacia la ciudad de Puebla, al norte de la autopista a México, ya herido de muerte por la contaminación que le provocan industrias y agroquímicos. Tres municipios (Domingo Arenas, San Lorenzo Chiautzingo y Huejotzingo), con alrededor de 87 mil habitantes de 108 localidades y pueblos, y uno diminuto, San Pedro Tlaltenango, cercado por el aeropuerto y el territorio de Xoxtla. Todos son resguardos prehispánicos tras sus nombres de santos y héroes zapatistas, algunos de ellos ya ciudades enteras, como Huejotzingo (26 mil habitantes) y Xalmimilulco (16 mil 200). El progreso se acomodó entre los ríos: más de 10 kilómetros cuadrados de territorio cubierto de invernaderos, dos parques industriales con más de 50 fábricas textiles y de autopartes, un aeropuerto (ver imagen 2).

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Esta historia viene de lejos. Una de tantas voces perdidas, la del sembrador en Moyotzingo, en la periferia de San Martín Texmelucan, que mira en 1987 su campo hostigado por los herrajes de la planta petroquímica “Independencia” de Pemex.

“La verdad se descontroló la vida del pueblo con la petroquímica. En todo ese descampado que tapa la barda que ya no es campo, se sembraba cilantro, cebolla, lechuga, ameyaba el agua, se hacían pocitos y brotaba, ora ya no. Antes era pobre uno, pero al menos había de dónde cortar algo pa comer, ora ni modo que vayas a morder un tubo. Aquí la gente se arrepiente de haber vendido a Pemex, y quién quita ese rezumbido toda la noche. Pemex dijo que no iba a faltar trabajo pa la gente de Moyotzingo, pero a lo mucho unos 100 son de por aquí los que chambean allá dentro, a mucha gente la cortaron, puro contrato de unos días y vas pa fuera, que no saben hacer nada, que son campesinos, que ahí solicitaban soldadores, gente experimentada. Por eso está lleno de veracruzanos, cuates de Huauchinango que los fines de semana arman su desmadre en las cantinas”.

Y en una conversación, reconstruida en una crónica del autor en noviembre de 1989, entre los funcionarios de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (SEDUE) y los ingenieros de Pemex que enfrentan la posibilidad de clausura por contaminación (Cambio, 20/XI/1989).

“Primero el diagnóstico: Pemex acepta que no cumple los parámetros establecidos para las descargas de aguas al arroyo San Bartolo y al río Atoyac en 13 puntos todos graves, pero uno extremo, el 12, que dice ‘Acondicionamiento del sistema de neutralización de ácido fluorhídrico, combinado NaOH (hidróxido de sodio) por CaO (óxido de calcio), en la planta de Akiltolveno, con el objeto de abatir la descarga de residuos con flúor’. El problema de los fluoruros es más grave. Así se llevó a cabo la discusión entre técnicos e inspectores:

—Sí efectivamente —dice uno de los ingenieros de Pemex—, no hemos podido meterlo a valores. No queremos que se formen fluoruros de sodio sólidos que se vayan al Atoyac.

—¿En qué plazo se puede resolver el problema en su origen? —pregunta Pablo Loreto, ingeniero de la SEDUE.

—Falta el proceso en la cabeza principal de desfogues en la planta de Akiltolveno. Nos falta el equipo, que es caro. No tenemos presupuesto, tenemos dos cotizaciones del orden de los 800 millones de pesos. Y falta complementar un proceso, cómo vamos a manejar esos sólidos.

—Pero ustedes tienen que entender que a esto hay que darle prioridad.

—Pero es que tenemos que cambiar el proceso tecnológico, no es tan fácil —volvió a decir el ingeniero.

—Pero esto nos mete en un callejón sin salida —cuestionó el delegado federal de la SEDUE Francisco Castillo—, ¿qué tan difícil es que se autoricen esos recursos?

—Se está considerando en México —dijo el superintendente—, a nivel central.

—Ustedes tienen que entender —continuó el ingeniero—, al cambiar ese sistema de calcio nos van a quedar de 20 a 30 toneladas de yeso, no sabemos qué se va a hacer con él…

—Pero yo no veo ahí tanto problema —cortó Pablo Loreto—. Tenemos que irnos a la descarga de agua, a su tratamiento.

—Ingeniero —dijo el superintendente de Pemex López Blumenkron—, si cambiamos a calcio vamos a afectar el proceso de la planta. El complejo tiene un diseño del Instituto Mexicano del Petróleo a partir de una tecnología europea que no contempló los parámetros de desechos. Ese es el problema, no es cuestión económica, es tecnológica.

—Por eso yo les propongo que mejor se traten los fluoruros a la salida del proceso, no en su generación —dice Loreto.

—Tal vez —aceptaron los ingenieros—, había que ponderar que es lo que más nos conviene.

—La ponderación es que están arrojando verdaderos tóxicos —responde Loreto.

—Así es —añade el representante de Tlaxcala por la SEDUE—. Se arrojan, según las cifras que ustedes presentan, 228 toneladas al año de residuos de flúor. La gravedad del problema no está a discusión. Señores, aquí las multas se quedan cortas”.

 

En los años setenta los pueblos y barrios de San Martín encontraron la ruta de la maquila. En los ochenta vino el auge de la mezclilla, con las fábricas gigantes, los pequeños talleres. En unas y otros el teñido y el lavado y las descargas a los arroyos y ríos.

El tianguis de Texmelucan es considerado uno de los más grandes de América Latina, ocupa una extensión de 35 hectáreas en la comunidad de San Lucas Atoyatenco, con entre 12 mil y 16 mil puestos de venta. Acuden unos siete mil vehículos que pagan una cuota de 200 pesos por unidad. El INEGI ubica al tianguis de Texmelucan como el lugar que más empleos genera en el estado de Puebla. Una vez a la semana, entre el lunes y el martes, pasan por ahí 200 mil personas. Inseguridad y pleitos endémicos por el control de las organizaciones de comerciantes caracterizan un proceso económico vital en la región central de Puebla, tanto por la producción de la industria de la confección vinculada al tianguis, como por el movimiento económico que produce la venta de ropa.

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La planta de tratamiento de aguas residuales en San Martín Texmelucan lleva 16 años parada. ¡16 años! La narración es de Tony Peregrina, de Dale la Cara al Atoyac:

“La hicieron en 1995, se dejó de operar en el 2000 y lleva 16 años parada. El municipio paga multas por 400 mil pesos al mes a Conagua por descargar fuera de parámetros, lo mismo que les costaría operarla, ¿dónde está la lógica? El grupo identifica puntos de descargas municipales de San Martín y San Baltazar Temazcalac, y cuando llegamos estaba gris normal, pero en un momento se empezó a pintar por alguna descarga de taller mecánico. Luego encontramos un  cultivo de brócoli regado con el agua contaminada de un canal. Lo peor de todo fue ver y hablar con los campesinos que afirman que riegan sus cultivos (lechuga, habas, cilantro) con aguas del río. Para citarlos, dicen: ‘Sabemos que nosotros estamos envenenando a la gente, pero no tenemos pozo’ ”.

 

Cuando se encuentran el Atoyac y el Zahuapan ya la metrópoli ha copado sus riberas. Tres plantas de tratamiento esperan sus aguas en el río poblano; el tlaxcalteca viene natural, con las descargas de todos los municipios que atraviesa.

Los ríos bajan de la Malinche para morir. Se desprenden uno a uno de lo que queda del bosque, más allá de los tres mil 500 metros, y se van abriendo camino. Se desparraman entre los cultivos y los primeros caseríos de una ciudad que los perseguirá inclemente una vez se encuentren con ella. Su suerte es terrible en cualquier caso: las fábricas y los albañales de los barrios, todas las descargas que producimos van a dar a ellos.

En un extremo, hace tiempo que decidimos enterrarlos, pero todavía algunos, como el que llaman la Barranca del Santuario, van dar con sus miasmas al Atoyac.

Son los ríos del norte. Con sus nombres prehispánicos y coloniales: El Santuario, Barranca Honda, El Conde, Xaltonac. Serpentean y como pueden llegan a los nombres conocidos: Atoyac, San Francisco, Alseseca. La Barranca del Santuario recoge las aguas negras de la Central de Abasto y corre a todo lo largo de la autopista México-Puebla desde el nororiente hasta encontrar a su vecina que arrastra las miasmas del Rastro Municipal, para ir a dar finalmente al Atoyac.

Los activistas de Dale la Cara al Atoyac, A.C. han recorrido la Barranca del Santuario, que recoge gran parte de las descargas de la zona comprendida entre la Central de Abasto y el Rastro Municipal, en San Gerónimo Caleras, pero a la que van a dar gran parte de los escurrimientos de San Pablo del Monte.

Esto encuentran: en el Rastro Municipal opera una planta de tratamiento —¡sí, funciona!—, y por ahora sólo tiene matanza de cerdos, por lo que los bovinos son sacrificados seguramente en rastros clandestinos que operan en la zona. Hay un colector que lleva las aguas residuales a la planta de tratamiento de La Constancia.

Otra es la situación en la Central de Abasto, un espacio por el que circulan todos los días cerca de 50 mil personas. Y con ellas sus necesidades físicas, que se suman a las aguas residuales que se descargan sin misericordia a la barranca.

 

Es un jueves cualquiera. Otra crónica de la destrucción cotidiana de un río. Es el jueves de ayer en la ciudad de Puebla. En un paraje de tantos cruzado por un arroyo que desde la Malinche va a dar al Atoyac hacia su muerte. El río Barranca Honda. Aquí la descarga es claramente textilera, y se ve desde arriba del puente que lo cruza en la carretera a fábricas y que pinta con el mejor espíritu alquimista de rojo el río. Son 48 litros por segundo los que caen rojos intensos sobre el cauce del arroyo Barranca Honda, a cinco metros del puente de la carretera a fábricas, antes de llegar a la vieja textilera Covadonga. Y en un instante el rojo todo lo tiñe. Más tarde sabremos que la planta textil Acafintex, ubicada un kilómetro arriba por la carretera, es una fábrica especializada en productos teñidos, que de hecho ese es el punto que la distingue en el competido mercado de la industria textil mexicana. “Contamos con la más alta tecnología en el teñido de telas —presumen en internet—, así como versatilidad para lograr la mejor penetración durante el proceso […] Podemos teñir con los siguientes colorantes: indatherenos o a la Cuba, dispersos, reactivos, directos, naftoles, sulfuros, ácidos…”.

No se sabe si son ellos los responsables. Conagua y el organismo que opera el sistema de agua en Puebla (SOAPAP) se echan la bolita. Pero el río rojo —o amarillo, o verde, o azul o el que le guste al marchante— está a la vista todos los días. Y la descarga proviene de un drenaje que sale al aire en un caño unos 50 metros antes de desfogar sobre el río Barranca Honda. Y fotos satelitales indican que la ruta del drenaje apunta hacia el norte, el rumbo justo en el que se ubica esta fábrica. La existencia de esta descarga —según los técnicos del gobierno del estado de Puebla responsables de las estaciones de monitoreo— está registrada por la Comisión Nacional del Agua desde hace varios meses. Y que la descarga es continua y sistemática en su coloración multicolor. Y que, lamentablemente, no ha ocurrido nada. Y a la vista los datos que veo en una de las pantallas de la estación de monitoreo que el gobierno del estado de Puebla ha construido —nueve en total, desde Texmelucan hasta el sur de la ciudad de Puebla, más allá del Periférico—: cero oxígeno; conductividad en mil 568 puntos.

Es un jueves más en la historia del río Atoyac. Las lluvias hoy no han provocado que una nube densa de tóxicos se disemine en la rompiente que existe atrás de la fábrica Hilaturas Los Ángeles. La carga de amoniacos y nitratos está a la espera de ser analizada por los técnicos de las plantas de monitoreo. Ahora escurren hacia la ciudad inconsciente.

Y uno tras otro de los ciudadanos que los huelan dirán como si nada: “Cómo apesta el río Atoyac”.

 

Sergio Mastretta
Periodista. Editor del portal mundonuestro.mx

Tomado de:  http://www.nexos.com.mx/?p=32776

 

Ciudades flotantes

No todo es glamour en unas vacaciones en el mar. Una investigación de la cadena Univisión desvela un mundo de banderas de conveniencia para eludir impuestos y restricciones medioambientales.

Diviértete y despreocúpate, el armario se mueve por ti. ¿Es esto todo lo que debe importarnos de un crucero? La versión glamorosa y desenfadada de las vacaciones en el mar –una opción por la que optaron 24 millones de turistas el año pasado- podría tener una cara B mucho menos divertida. Así se desprende de un extenso reportaje multimedia llevado a cabo por un equipo de periodistas de la cadena estadounidense de noticias en español Univisión, galardonado recientemente con uno de los premios Ortega y Gasset 2017 que concede EL PAIS.

En vídeo, reportaje de la cadena estadounidense de noticias en español Univisión, galardonado con uno de los premios Ortega y Gasset 2017 que concede EL PAIS.

Vacaciones en aguas de nadie, firmado por Ronny Rojas, Alejandra Vargas M., Damià Bonmatí, Patricia Clarembeaux y Maye Primera, analiza a las tres mayores compañías de cruceros del mundo, Carnival Corporation, Royal Caribbean International y Norwegian Cruise Line, que suman el 82 % del mercado mundial y un beneficio final en 2016 de 2.800 millones de dólares. Las tres tienen sede en Estados Unidos y cotizan en Bolsa en ese país, pero gracias a “una compleja estructura operacional en distintos países y paraísos fiscales evitan las garantías laborales estadounidenses, pagan menos impuestos y pueden evadir los estrictos controles medioambientales de EE. UU.”, según lo autores.

La base de datos con la que trabajó el equipo de Univisión, recopilada por estudiantes de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, contiene información de 266 cruceros de los 411 en servicio en la actualidad y demuestra que el 70 % de los barcos analizados están matriculados en cuatro países concretos: Bahamas, Panamá, Bermudas y Malta, naciones muy flexibles con la edad de los barcos y los controles laborales y medioambientales. De las embarcaciones estudiadas, 40 % (102) tiene 20 años o más de edad y ninguna fue fabricada en EE. UU.

El estudio, dividido en cinco capítulos multimedia, es demoledor: en el primero de ellos los autores sostienen que si se produce un crimen a bordo (“cientos de personas son víctimas de delitos en los barcos que tocan puertos de Estados Unidos”) la normativa vigente obliga a las compañías a registrar los presuntos crímenes que se cometen a bordo y a poner a disposición del público y del Buró Federal de Investigaciones (FBI) la información de nueve categorías de incidentes, entre ellos homicidios, muertes sospechosas y agresiones sexuales.

Pero la obligación de reportar esos casos se da siempre y cuando los delitos hayan sido cometidos contra ciudadanos estadounidenses. “Si usted es extranjero, la investigación está enteramente a cargo de las autoridades del país donde está registrado el barco”, aseguran. ¿Y a quién se reclama en ese caso? Cualquier acción judicial se perdería en un limbo administrativo capaz de aburrir al más perseverante.

La cara más oscura de los cruceros

Otro de los capítulos analiza las condiciones de trabajo de los miles de tripulantes de estos cruceros, procedentes en su mayoría de países en desarrollo y con altos índices de paro. “La leyes laborales estadounidenses no rigen el día a día de los barcos”, según el reportaje. “Las condiciones de los tripulantes se subordinan a la ley del país de bandera. Y generalmente sus contratos determinan que los problemas laborales no se resolverán en una corte, sino ante un panel de arbitraje sufragado por la propia compañía de cruceros. Así es trabajar en los cruceros. Contratos de hasta nueve meses para normalmente laborar más de 70 horas a la semana, sin vacaciones ni días de descanso, sin familia cerca ni vuelta a casa por la noche. Los empleados viven donde trabajan: un enorme barco con logotipo estadounidense, pero con bandera a menudo de Bahamas o Panamá”.

Uno de los aspectos más perturbadores del reportaje es el del impacto ambiental. En solo una semana, un navío de 3.000 pasajeros produce 75.000 litros de desechos humanos, más de 370.000 litros de agua procedente de baños y lavaplatos y unas ocho toneladas de basura sólida y desechos tóxicos por lavar la ropa, según la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estadounidense. ¿A dónde va a parar todo eso?

El reportaje está lleno de casos concretos de malas prácticas en cuanto a eliminación de residuos por parte de las navieras. Casos reales y verificados porque fueron condenados por la justicia estadounidense. Como los 27 millones de dólares que tuvo que pagar Royal Caribbean Cruises Ltd. entre 1998 y 1999 a raíz de “una operación de vigilancia de la Guardia Costera de Estados Unidos que filmó el Sovereign of the Seas, el crucero más grande del mundo (en ese momento), descargando aceite en su camino en San Juan, Puerto Rico”. O como la de Carnival Corporation en abril de 2002 por importe de 18 millones de dólares, cuando la empresa se declaró culpable de “descargar residuos de petróleo/aceite en el mar por la aplicación indebida de equipo de prevención de la contaminación en numerosas ocasiones entre 1996 y 2001”. Como asegura Ross A. Klein, uno de los expertos entrevistados por el equipo de Univisión, “hoy en día tiene que cumplir más requisitos ambientales un navío de la Armada estadounidense que un crucero. La razón de esta aseveración es que en los Estados Unidos un buque militar debe cumplir con todas las leyes del país (incluyendo las leyes ambientales). Un crucero de bandera extranjera, sin embargo, no está sujeto a muchas de esas leyes”.

El reportaje fue duramente contestado con un comunicado de la Cruise Lines International Association (CLIA), que engloba a las 58 principales navieras de cruceros, en el que por supuesto niegan la mayor y aseguran que muchas de estas afirmaciones son falsas. Por ejemplo, según la CLIA el país de origen de cualquier pasajero no estadounidense que denuncie crimen a bordo sí tiene autoridad para investigar los hechos acaecidos en aguas internacionales. Niegan también que las basuras se arrojen por la borda ya que, según el comunicado de CLIA, todas las navieras asociadas se han acogido a un código de vertidos 0 de aguas y residuos no tratados, mucho más exigente “incluso que la legislación internacional, que sí permite los vertidos en determinadas condiciones”.

La cara más oscura de los cruceros

Todo esto puede parecer lejano o circunscrito al ámbito estadounidense –un tercio del negocio mundial de cruceros se centra en el área Caribe, por la influencia del mercado EE. UU.-, pero como decía Ronny Rojas, uno de los autores del reportaje en declaraciones a la Cadena Ser, “estas empresas son globales, operan en todo el mundo, así que aunque tengan sus sede en los EE. UU. su barcos también se mueven por Europa, por Asia y por todos los mares”.

Por eso le he preguntado su parecer también a algunos expertos españoles en cruceros, además de a las delegaciones en España de las navieras implicadas. Carnival ni contestó. Más abiertos y colaboradores se mostraron desde la agencia de comunicación de Norwegian Cruises Line, pero después de elaborar unas respuestas a mis preguntas, desde su central de Miami decidiron remitirme al comunicado anterior de CLIA.

El director de una de las mayores comercializadoras españolas de vacaciones en el mar -que prefiere que no aparezca su nombre- no duda de que hay claroscuros en el sector y cosas a corregir, pero no cree que el asunto de la contaminación sea tan exagerado como dice el artículo. “La IMO (International Maritime Organization) emite unas notas muy estrictas sobre lo que puede y no puede arrojar un barco al mar, lleve la bandera que lleve. Y son de obligado cumplimiento tanto en Europa como en EE. UU.; un barco que no esté bajo esas normativas no puede atracar ni operar en ningún puerto europeo. En Alaska o en los fiordos noruegos, por ejemplo, no puede entrar en cualquier barco; solo los que cumplen unos parámetros medioambientales muy exigentes”. En cuanto al alto porcentaje de barcos viejos, manifiesta también tiene sus reservas: “los primeros interesados en no tener barcos viejos son las navieras; una nave vieja es menos eficiente; aunque solo sea por la rentabilidad las más interesadas en tener barcos nuevos, que consuman menos y por tanto que contaminen menos son las navieras”.

La cara más oscura de los cruceros

Fran Camino, periodista especializado en cruceros y autor del blog Waves and wind, acepta que la industria está poco controlada y que las banderas de conveniencia permiten lagunas legales en cuanto a la contratación de los empleados y la legislación de los barcos. “Pero lo que sí rechazo es lo de que es una flota vieja que arrastra desperfectos y fallas, creo que el sector -salvo el caso del Costa Concordia y algunos detalles puntuales-, tiene un índice de seguridad bastante destacable en toda su operatividad. Las inspecciones de la ley marítima internacional son altísimas y muy estrictas”, asegura Camino. “Por supuesto que un crucero tiene un cierto impacto ambiental, más de lo que dicen las campañas de blanqueo de las grandes navieras, pero en general son unidades ecológicamente sostenibles, y salvo accidentes puntuales todos sus residuos que generan y producen son reciclados a bordo.

“¿Qué las navieras utilizan banderas de conveniencia para pagar menos impuestos?, sí, es verdad”, reconoce el director de la comercializadora. “Pero también los hacen Google, Facebook o Amazon; podrá gustar más o menos, pero es legal. La diferencia es que aunque no paguen Impuesto de Sociedades, las empresas de cruceros dejan miles de millones dólares en los puertos donde atracan en forma de tasas portuarias, consumo de combustible y suministros, más lo que gastan los cruceristas que bajan.

¿Ciudades flotantes cargadas de ilusiones… o de problemas? El debate no es nuevo ni se cierra aquí. ¿Tú que opinas?

Agua: El colapso que viene

La sobreexplotación de los mantos acuíferos del Valle de México están acelerando el proceso de hundimiento de la capital del país. Expertos advierten que la catástrofe es inevitable

Una ciudad desecada. Una metrópoli que se hunde. Una urbe en puertas de una crisis social sin precedente. Más de 20 millones de habitantes en riesgo. El Valle de la Ciudad de México ha venido mostrando signos de agonía durante décadas.

La razón: una sobreexplotación de los mantos acuíferos que presagia una catástrofe, y que sin embargo, no ha servido para atenuar la escasez de agua que viven gran parte de sus habitantes desde hace varios años.

Como si fuera el guión de una película que anuncia el fin de la civilización a causa de un fenómeno natural de magnitudes bíblicas, también la Ciudad de México y su zona conurbada está a un paso del colapso.

Los signos son evidentes y a pesar de ello, poco se ha hecho por tratar de revertir la sentencia que pesa sobre la superpoblada metrópoli, que al día de hoy parece sostenida solo por alfileres.

Se calcula que entre el 60 y 70 por ciento del agua potable que consumen los habitantes de la Ciudad de México y los municipios circundantes proviene del subsuelo, esto es de los mantos acuíferos que se encuentran en la cuenca del Valle de México.

Hoy, estos acuíferos están agonizando.

El crecimiento desproporcionado de la población y el aumento de la demanda del vital líquido ha traído consigo una sobreextracción del recurso de los mantos acuíferos.

Aunado a ello, el crecimiento urbano de la zona ha ocasionado la invasión y destrucción de bosques y áreas verdes, que son las superficies de recarga naturales para los acuíferos. Cada vez se extrae más y cada vez es menos el agua que se recarga en los mantos.

Los expertos en hidrología y subsuelo recomiendan que nunca se permita una extracción superior al 40 por ciento de la capacidad de recarga media anual estimada del manto acuífero.

Actualmente se calcula que debido a la alta demanda de agua potable se están extrayendo al año unas 4 veces la capacidad de recarga de los acuíferos. Esto es mil por ciento el porcentaje sugerido para mantener el equilibrio y salud de los mantos.

Las consecuencias que podría traer para millones de habitantes esta explotación indiscriminada de los recursos naturales van más allá de la escasez del líquido, crisis que ya se vive en amplias zonas de la capital y el Estado de México y que se viene agravando con los años.

Las secuelas serán también una contaminación de los mantos acuíferos debido a la filtración de metales por su bajo nivel. Adicionalmente, con la reducción de nivel del manto friático se acelera el fenómeno natural de hundimiento, trayendo consigo grietas y daños estructurales.

Para José Luis Luege Tamargo, ex titular de la CONAGUA, la Ciudad de México se encuentra cerca del colapso debido a la gestión irresponsable de los mantos acuíferos y la falta de planeación en alternativas.

“El acuífero está agonizando, lo estamos aniquilando, porque estamos extrayendo mucha más agua de su capacidad natural de recarga. Vamos a llegar a una crisis inmanejable, a una verdadera catástrofe”, asegura.

Por su parte, el Doctor Antonio Hernández Espriú, coordinador del Grupo de Hidrogeología de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, afirma que se pueden hacer esfuerzos más grandes para gestionar de mejor manera el recurso natural y de esta forma mitigar los riesgos.

“Hay un desequilibrio entre lo que sacamos y lo que se recarga naturalmente, sin embargo el acuífero, al ser un recurso renovable, si se gestiona de una mejor manera puede revertir muchos de los efectos indeseables que hasta el momento tenemos”.

Se repiten los errores

En la primera mitad del siglo XX, con el crecimiento en la Ciudad de México, ya se empezaba a advertir que el agua proveniente del subsuelo no sería suficiente para abastecer a la población, además de que se empezaban a ver los primeros signos de exceso de extracción.

Hacia finales de la década de 1920 empezó a tomar fuerza el proyecto de llevar agua del río Lerma, en el Valle de Toluca, hacia la Ciudad de México, sin embargo, no sería sino hasta 1942 cuando se iniciaron los trabajos, mismos  que culminaron en 1975.

A pesar de una gran sequía en 1960 y advertencias sobre la problemática del agua, la ciudad siguió creciendo, y pronto el sistema Lerma resultó insuficiente, por lo que fue necesario buscar nuevas fuentes de abastecimiento, esta vez el río Cutzamala.

En 1976 se inicia la segunda etapa de lo que hoy se conoce como el sistema Cutzamala, el más importante  de almacenamiento, conducción, potabilización y distribución de agua potable para la Ciudad de México y el Estado de México.

Hacia finales de 1980 y principios de 1990 el sistema se consolidó, sin embargo, las señales de alerta presentes desde décadas atrás fueron ignoradas, llegó más agua a la Ciudad de México, pero no se planeó a futuro, no se mitigó la sobreexplotación del subsuelo, y siguió el crecimiento de la metrópoli.

Hoy se calcula que la población en la Ciudad de México y la Zona Metropolitana es alrededor del doble que en la década de 1970, cuando se comenzó a desarrollar el Proyecto Cutzamala, y en los últimos años el crecimiento ha sido desacelerado.

No obstante los esfuerzos por encontrar nuevas fuentes de abastecimiento para el Valle de México no fueron acompañados por una correcta planeación urbana, lo que ha ocasionado que nuevamente estemos frente a una crisis de desabasto.

En la Ciudad de México, principalmente en el oriente, en las delegaciones Iztapalapa y Tláhuac es en donde la población sufre de manera más fuerte la escasez del vital líquido, por lo que las pipas abastecedoras son ya un elemento más del entorno, aunque siguen siendo insuficientes.

Tomado de: http://www.reporteindigo.com/reporte/mexico/agua-valle-mexico-hundimiento-mantos-acuiferos-sobreexplotacion