“Los humanos inventaron la agricultura para hacer cerveza”

En su libro ‘Mi gran familia europea’ Karin Bojs hace un repaso a los últimos 55.000 años de prehistoria en Europa, desde el sexo con neandertales a la llegada de la agricultura.

La periodista Karin Bojs.

La prehistoria europea escrita por Karin Bojs (Lundby, Suecia, 1959) comienza con una violación. Un encontronazo sexual entre dos especies humanas distintas sucedido hace unos 55.000 años en la región que hoy ocupa Israel. Aunque el carácter consentido o no de la relación es fruto de la especulación, el sexo entre neandertales y sapiens se confirmó experimentalmente gracias al trabajo del científico sueco Svante Pääbo. Este pionero del análisis de ADN antiguo logró secuenciar el genoma completo de la especie extinta y ahora sabemos que el 2% de nuestros genes es fruto de aquel cruce.

En su libro Mi gran familia europea (Ariel), la periodista científica Karin Bojs reúne la información más actualizada sobre la vida de los habitantes del continente antes de la aparición de la escritura. Los datos acumulados por distintos métodos de investigación, desde la arqueología más clásica a las innovaciones científicas introducidas por gente como Pääbo, sugieren que los europeos de hoy son el fruto de tres oleadas migratorias. La primera, poco después del encuentro con los neandertales en Oriente Medio, trajo a los cazadores y, probablemente, supuso la extinción de aquella especie que hasta entonces era la especie humana de Europa. Una segunda ola trajo a los agricultores desde lo que hoy es Siria y con ellos su conocimiento del cultivo de las plantas. Por último, hace unos 5.000 años, desde el sur de lo que hoy es Rusia, llegó un pueblo de pastores que trajeron consigo las lenguas indoeuropeas que ahora se hablan en Europa, los caballos y una sociedad patriarcal y estratificada.

Pregunta. Antes del conocimiento que ha proporcionado la secuenciación de ADN antiguo, se creía que la agricultura se había inventado en muchos sitios muchas veces

Respuesta. Sí, era como una especie de dogma. A la teoría que dice que la agricultura vino de Siria con la migración de los propios agricultores que la habían inventado, que ahora parece la correcta, lo llamaban “migracionismo” con un tono peyorativo. Los hijos de la generación del 68 vivieron una reacción al nazismo. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la arqueología y la historia estuvo muy influida por los nazis y cuando llegó la reacción, fue un poco exagerada. Se rechazó todo, se negó que hubiese influencia de las migraciones o los genes, todo era cultura y sociología y afirmaban que los cazadores se reeducaron y decidieron que no querían ser ya cazadores y se pusieron a ser granjeros. Si practicas la agricultura, sabes que es muy difícil. Hacen falta muchos años para aprender a cultivar. Había una minoría de arqueólogos que quería explicar la aparición de la agricultura en Europa a través de la migración y el ADN ha probado que esta minoría estaba en lo cierto.

P. Pero parece que la agricultura ha aparecido en muchos lugares separados sin contacto aparente, como en América o en la India.

R. Eso fue un poco después y de hecho no podemos estar seguros. Lo que sí sabemos por los datos de Europa es que la agricultura llegó acompañada de los humanos que la conocían y migraron con ella a través de grandes distancias.

P. En su libro también habla de la hipótesis que plantea que la agricultura se inventó, entre otras cosas, para producir bebidas alcohólicas.

R. Arqueólogos alemanes han encontrado en un lugar llamado Göbekli Tepe, en la parte este de la actual Turquía, copas y grandes cubos del tamaño de una bañera donde han visto enzimas que serían restos de la fabricación de cerveza. Ellos están convencidos de que había un culto en este lugar levantado por culturas tardías de cazadores. La gente llegaba desde muy lejos, hasta cientos de kilómetros de distancia, con el fin de reunirse allí para celebraciones. Estos arqueólogos creen que el consumo de cerveza era una parte importante de esas celebraciones y eso tiene sentido. No creo que comer gachas fuese un impulso lo bastante importante como para comenzar una nueva cultura y un nuevo estilo de vida.

Los granos ya eran parte de la dieta durante muchos años antes de la aparición de la agricultura. Recogían trigo y cebada, eso era parte del proceso, pero si de repente necesitas grandes cantidades de grano para producir cerveza creo que es un incentivo interesante. La agricultura por supuesto fue un proceso muy complicado y también tiene que ver con el cambio climático. Hubo un cambio climático muy brusco cuando acabó la última glaciación y Oriente Medio se volvió más húmedo y facilitó el cultivo. Si habías probado a cultivar algunas plantas, estabas en el lado ganador cuando se produjo ese cambio de condiciones.

P. Algunos científicos plantean que adoptar la agricultura fue el peor error de la humanidad, que empeoró sus condiciones de vida. Usted discrepa.

R. No me gusta esa idea. Creo que hay varios divulgadores científicos que también insisten en que la agricultura fue una catástrofe y que los cazadores vivían en un estado feliz y natural, y que la agricultura y la ganadería fueron una catástrofe. Creo que es una forma demasiado simple de analizar el cambio. Si miras a la prehistoria hay subidas y bajadas del nivel de vida, en el periodo de los cazadores y en los periodos de la agricultura. Como otras invenciones no es algo que surgiese de una decisión premeditada. Se trataba de ir resolviendo pequeños problemas en la vida de aquellas personas. Por ejemplo, la cerveza pudo surgir así. Sabemos que te puedes poner un poco achispado si tomas una sustancia, y los agricultores lo hicieron. Y luego pensaron en producir más de eso que les gustaba y para hacerlo necesitaban cultivar. Y así se acumularon muchas soluciones a pequeños problemas prácticos que acabaron por producir una gran transformación.

P. En su libro considera probable que nuestra especie tuviese un papel importante en la extinción de los neandertales, pero habla de una convivencia pacífica entre la primera oleada de cazadores que llegaron a Europa y la de los agricultores.

R. Como la arqueología solo nos ofrece algunos vestigios, no se puede saber seguro, pero no hay hallazgos que indiquen que había grandes enfrentamientos. Tiene sentido, porque si eres un cazador necesitas animales para matar o peces para comer. Si eres un granjero, necesitas un buen suelo. Parece que ellos convivieron bien. Al cabo de un tiempo, hubo una fusión. Los cazadores y los agricultores se encontraron y tuvieron hijos. Y eso lo puedes ver muy claramente en España.

En España vivía una población de cazadores y después llegaron los agricultores. Llegaron en barco a través del Mediterráneo, hace unos 7.000 años, y se puede ver que después de cierto tiempo se fusionan. La población vasca de España, y eso se ve también en su ADN, son todavía los nietos de esta fusión, de la primera ola, los cazadores, y la segunda, los agricultores, pero no de la tercera ola, la que trajo las lenguas indoeuropeas. Ellos hablan euskera, que no es una lengua indoeuropea. Quizá el euskera es como un vestigio de una antigua lengua de los agricultores.

Tomado de: http://elpais.com/elpais/2017/04/10/ciencia/1491844482_674868.html

¿Qué avenidas importantes de la Ciudad de México eran caudalosos ríos de agua cristalina?

La inundación de asfalto, crónica de un desastre ecológico en la capital
Por: Pablo Dueñas

Hace casi quinientos años comenzó en la ciudad de México una lucha a muerte contra sus ríos; poco a poco fueron eliminados del paisaje hasta que logramos sepultarlos bajo el asfalto. Al leer esta historia, no sin nostalgia, nos interrogamos si dejaremos de verlos como adversarios  y si podremos regresarlos a sus cauces originales.

La garita de la Viga que se aprecia en este óleo fue derruida al paso de los años y hoy no queda nada de ese bucólico paisaje. Se ubicaba en lo que actualmente es el cruce de la avenida Morelos (Eje 3 Sur) y la calzada de la Viga.
OBRA DE ERNEST WADSWORTH, LA GARITA DEL PASEO DE LA VIGA, SIGLO XIX, ÓLEO SOBRE TELA. COL. BANCO NACIONAL DE MÉXICO.

Al consumarse la conquista de México, Hernán Cortés decidió levantar la nueva ciudad en el islote  que  ocupaba  la  gran  Tenochtitlan.  Nadie  imaginó  que,  cinco  siglos  más  tarde,  aquellos  lagos  prodigiosos  y  los  abundantes  ríos  que  los  alimentaban  estarían cubiertos por una costra gris de asfalto perpetuo, suplantando al paisaje que en 1519 maravilló a los españoles por su extrema belleza.

De aquellos ríos que por mucho tiempo surcaron los alrededores de la capital de la Nueva España hoy solo queda el nombre asignado a las grandes avenidas que cubren sus trayectos; el agua corre entubada por debajo del asfalto, transportando materiales de desecho  y  no  el  líquido  cristalino  que  por  su  naturaleza  debía llevar. Ya no hay grandes lagos que reciban los afluentes, sino el Gran Canal del Desagüe que recoge todos  los  líquidos  excretados  por  un  monstruo  citadino.  Donde  antes  hubo  cascadas,  hoy  encontramos  semáforos y congestionamiento vial.

Históricamente, la capital de México y sus habitantes demostraron que –a diferencia de otras ciudades del mundo– sus numerosos ríos y canales no podían convivir con el desbordado crecimiento urbano, e incluso  se  les  culpó  de  las  catastróficas  inundaciones  que  ocurrieron  cuando  el  piso  firme  le  ganó  terreno  a los lagos de México-Tenochtitlan. Entonces, primero se tomó la medida de cambiar sus cauces y, después, se decidió ocultarlos.

La vida entre inundaciones

En 1555 una grave inundación alertó a los recién llegados habitantes de la meseta del Anáhuac acerca de lo indispensable que era analizar el comportamiento natural de un islote que cada vez más le ganaba terreno  al  lago.  En  un  informe  enviado  al  rey  de  España,  el virrey don Luis de Velasco (padre) describió la catástrofe ocurrida el 17 de septiembre de ese año: “Nos hemos  visto  en  gran  trabajo,  y  si  no  se  pusiera  gran  diligencia en desaguar un río que salió de madre [cauce], por la parte de Tlatelulco, y que se llama Santiago, gran parte de la ciudad se perdiera. Fue gran yerro a mi ver, fundarla en este sitio, porque había otros mejores a dos o tres leguas de aquí”. El informe también mencionaba a los ríos de Coyoacán y Tacubaya, cuyos cauces podrían ser causa de otra grave inundación.

Además de las medidas que se tomaron para regular  la  capacidad  del  lago  de  Texcoco  al  utilizar  la  infraestructura de los diques prehispánicos para evitar el  desbordamiento  de  los  ríos,  el  gobierno  virreinal tomó  la  decisión  de  desviar  el  curso  de  algunos  cauces, como el río de los Morales, obra que se concluyó en  1626.  A  pesar  de  esto,  en  1629  tuvo  lugar  una  catastrófica  inundación  por  obras  mal  realizadas  en  el  río Cuautitlán, lo que provocó la muerte de miles de personas  y  el  éxodo  de  los  habitantes  de  la  capital.  Menciona el cronista José María Marroquí, en su obra La ciudad de México (tres volúmenes, 1900-1903): “De las veinte mil familias españolas que había, apenas se quedaron en la ciudad cuatrocientas”.

Pasado el tiempo y ocurridas más inundaciones, según afirma el historiador Francisco de Garay (homónimo del conquistador español) en su obra El valle de México, apuntes históricos sobre su hidrografía (1888), a  principios  del  siglo  XIX  las  aguas  provenientes  del  suroeste  eran  las  que  causaban  mayores  problemas  a  los  habitantes  de  la  capital.  Hace  mención  de  la corriente  del  río  Tacubaya  que  bajaba  de  las  lomas  para  desparramarse  en  la  ciénaga  de  Chapultepec,  mientras que las aguas del río Xola llegaban a la ciénaga  de  la  hacienda  de  la  Condesa,  limitada  por  la  calzada-dique  de  la  Piedad.  Ante  la  amenaza  de  las  inundaciones,  en  1825  se  hizo  la  derivación  del  río  Tacubaya  unido  al  de  Xola,  para  desembocar  en  el  Canal Nacional. A este nuevo corte se le llamó río de la Piedad.

Para  1929  los  ríos  que  alimentaban  la  cuenca  de  México  eran:  De  los  Remedios,  Consulado,  Tlalnepantla,  De  la  Piedad  y  Churubusco,  cuyos  cauces  se  controlaron con las presas de Dolores y Tecamachalco. Los lagos de Xochimilco y Texcoco se desecaban cada  vez  más  y  la  capacidad  de  este  último  estaba  regulada  gracias  a  la  funcionalidad  del  Tajo  de  Nochistongo,  que  fue  un  remedio  eficaz  para  evitar  las  constantes inundaciones que sufría la capital del país; se trata de un sistema de ríos, canales y arroyos cuya función  es  transportar  el  desagüe  proveniente  de  la  urbe hacia el golfo de México.

Focos insalubres

En  aquel  tiempo  los  ríos  habían  perdido  su  natural  misión  de  transportar  agua  cristalina;  poco  a  poco  perdían  la  intensidad  de  su  corriente  y  se  estaban  convirtiendo en focos insalubres e inseguros. Las crónicas hablan de lo peligroso que eran los alrededores del  río  Churubusco,  que  poco  antes  de  ser  entubado  era refugio de maleantes y vertedero de basura.

En 1942 el estado insalubre del río Consulado era notorio;  fue  entonces  que  el  Departamento  del  Distrito Federal decidió entubarlo. Además se desarrollaron  obras  para  controlar  los  ríos  Mixcoac,  Becerra  y  Tacubaya,  cuyas  aguas  se  encausaron  al  río  Hondo.  Estas  construcciones  disminuyeron  el  peligro  de  las  inundaciones en la capital.

Cabe  mencionar  que  el  río  Consulado  cruzaba  la  hacienda  de  la  Teja  y  algunos  ranchos,  lo  cual  comprendía un inmenso terreno que hoy ocupa la colonia Cuauhtémoc, así como el bosque de Anzures, la colonia Santa Julia y varias fincas de campo, como la hacienda de los Morales. El afluente bordeaba la calzada de la Verónica, que era una de las más importantes en los tiempos en que se entubó ese río.

El dominio de las aguas

Para controlar las aguas provenientes de las montañas se construyeron enormes presas con el fin de regular la corriente de los ríos que, pese al urbanismo, el declive los hacía regresar a unos lagos que ya no existían. Se planearon  grandes  obras  hídricas;  entre  ellas,  las  presas  de  Anzaldo,  San  Jerónimo,  Coyotes,  Texcalatlaco,  Mixcoac, Tacubaya, Tecamachalco y San Joaquín, cuyos paisajes tristes e insalubres –como el de la presa Tecamachalco– nos muestran lo que puede ocurrir cuando la mano del hombre controla a la naturaleza.

En  1950  se  inauguró  el  Viaducto  Miguel  Alemán,  después  de  entubar  el  río  de  la  Piedad  en  toda  su  extensión,  lo  mismo  que  parte  de  los  ríos  Tacubaya  y  Becerra.  Esta fue la primera  vía  rápida  de  la  Ciudad  de  México,  que  inicialmente  se  diseñó  con  dos carriles de ida y dos de vuelta, muy amplios; al recorrerlo, preguntábamos los niños: “Si en medio del Viaducto  está  un  río,  ¿por  qué  no  escuchamos  correr  el  agua?”. Este trabajo provocó muchos comentarios de los vecinos, quienes añoraban los días de campo junto al río; sin embargo, en ese tiempo el de la Piedad era un cauce de aguas insalubres.

Una de las obras importantes del lapso 1952-1960, fue el interceptor de dieciséis  kilómetros  construido en la zona  poniente de la capital,  que  partía  del  río  de la Magdalena y terminaba en el de los Remedios, con el afán de evitar más inundaciones en la ciudad de México.

Por otra parte, a partir de 1952 se desvió el curso del río Churubusco, con la finalidad de que ya no alimentara los lagos de Xochimilco, Mixquic y Tláhuac. Para 1960 se construyeron presas en las barrancas de Tacubaya y Becerra; al río  Mixcoac  le  tocó  el  turno  de ser entubado en una longitud de kilómetro y medio; además se construyeron cuatro vasos reguladores para controlar las aguas del río de los Remedios.

Aun así, el desbordamiento de las aguas continuó y en esta problemática estaba incluido un río artificial muy antiguo, el Gran Canal, que recibía los drenajes de toda la ciudad y particularmente las aguas ya entubadas  de  los  ríos  Consulado,  de  la  Piedad  y Churubusco.

El río Magdalena también quedó encerrado en un tubo durante la gestión del  presidente Adolfo López  Mateos  (1958-1964).  Asimismo, en  el  lapso  de  1961  a 1970 se entubó casi un kilómetro del río de San Juan de Dios, en la zona de Tlalpan. Igualmente fue entubado el canal de Miramontes, en una longitud de 1.7 kilómetros, a la altura de Coapa. Lo mismo sucedió con otro tramo del río Tacubaya y con uno de los cauces de agua que fue retratado por los paisajistas del siglo XIX: el San Ángel, que también recibía los nombres de río Chico o Tizapán.

Como una obra  clave  para  alejar el fantasma  de  las inundaciones en la capital, el 9 de junio de 1975 se inauguró  el  Drenaje  Profundo,  que  recoge  las  aguas  negras,  pluviales,  parte  del  Gran  Canal  y  de  los  ríos  Tlalnepantla, de los Remedios y San Javier, para acarrearlas  hasta  el  estado  de  Hidalgo.  Con esto  se  concluía una serie de construcciones y excavaciones que se  dieron desde  los  tiempos  coloniales  para  resolver  la problemática de las inundaciones, ya fueran diques, presas o el socavón de Huehuetoca, construido para  regular las aguas de la cuenca de México.

El caso más reciente es el de los Remedios (antes llamado de Nuestra Señora de los Remedios y, en unos tramos, río de Tacuba), convertido desde hace varias  décadas en un cauce de aguas negras y cuyo insalubre recorrido fue entubado  hace poco más de seis años para permitir la construcción del Anillo Periférico en su tramo noroeste.

El agua para molinos y fábricas

Consumada la conquista, uno de los objetivos de Cortés fue crear una nueva infraestructura para proveer de  bienes  y  servicios  a  los  nuevos  pobladores  de  la  meseta central. Comenta el historiador Adolfo Deséntis y Ortega que “fue el propio Hernán Cortés quien se adjudicó por primera vez las lomas de Tacubaya, instalando las más antiguas moliendas de trigo al aprovechar las ‘heridas de molino’ (caídas de agua) que había en  las  barrancas  de  ese  lugar  y  que  formaban  el  río  que se llamó después de Santo Domingo”.

Bajo  el  gobierno  de  la  primera  Audiencia,  Nuño  de  Guzmán  ordenó  la  construcción  de  más  molinos  aprovechando  la  corriente  del  río  Tacubaya,  lo  que  provocó grave afectación a a Tacubaya (en ese tiempo, pueblo  de  indios),  situación  que  fue  descrita  en  una  carta por fray Juan de Zumárraga en agosto de 1529: “Les toman el agua para los molinos, que es con que regaban sus labranzas y sementeras de pobres indios vecinos de aquel pueblo y sin ella de ninguna manera se puede vivir”.

Y este fue el inicio de la construcción de otros molinos para aprovechar el cauce de los ríos. Poco a poco en la región poniente se construyeron otros como el de San José, el del Portal, el de Valdés, el de Belém de las Flores (que posteriormente fue fábrica de papel) y el de  Santa  Fe,  que  también  utilizaban  las aguas del río Tacubaya. Destacaba el Molino del Rey; tenía dos áreas, una dedicada a la molienda de trigo (del Salvador), y la otra como Real Fábrica de Pólvora (del Rey).

Un poco más hacia el sur, hacia 1564 Martín Cortés Zúñiga, hijo del conquistador, aprovechando las aguas del río Magdalena construyó el Molino de Miraflores, el cual  funcionó  como  tal  hasta  1852,  momento  en  que se utilizó la construcción para montar una fábrica de papel denominada Nuestra Señora  de  Loreto,  misma que después se dedicó a fabricar tejidos de algodón y en 1906 retornó a la industria del papel, hasta convertirse años más tarde en la fábrica Loreto y Peña Pobre. A causa de la contaminación que provocaba su funcionamiento, esta fue convertida en un centro cultural y comercial que hasta la fecha existe.

Otros molinos que se levantaron durante el Virreinato para aprovechar el curso del Magdalena fueron el de Calderón y el batán de Anzaldo.

La riqueza del canal de la Viga

Originalmente, los ríos desembocaban en los lagos de la meseta central; al crecer la superficie del islote, el paso del  agua  por  la  nueva  tierra se realizó a través de canales y  acequias  que  la  surcaban  de  lado  a  lado  en  forma  cuadricular. La acequia o canal de la Viga (también  llamado  canal  Real),  construido  desde  tiempos  prehispánicos,  corría  de  sur  a  norte,  desde  el  lago  de  Xochimilco  hasta  lo  que  hoy  es  la  calle  de  Roldán, en el centro de la Ciudad de México.

Hasta finales de la tercera década del siglo XX fue la vía más importante y barata para abastecer a la capital de las cosechas de hortalizas que se obtenían en las tierras lacustres y pródigas de Tláhuac, Mixquic y Xochimilco. Quienes tengan  actualmente  entre  85  y  90 años de edad, seguramente recordarán los canales de agua que ocupaban las calles del oriente del Zócalo, donde  acudían  las  personas  a  comprar  su  mandado  cotidiano.

El canal  de  la  Viga  fue  muy  importante no sólo  por  su  carácter  comercial,  sino  también  como  un  elemento  cultural  que  inspiró  canciones,  crónicas  y   remembranzas.  Además de que era la sede del popularísimo paseo de Santa Anita,  celebrado  los  Viernes  de  Dolores,  poco  antes del inicio de la Semana Santa, al que concurrían miles de personas en  busca  de  comida,  música,  diversión  y  parranda.  Aunque  se  podía  caminar a la orilla del canal, lo divertido era pasear en trajinera.

A mediados del siglo XX, el cronista Alfonso de Icaza, en la obra Así era  aquello…  Sesenta  años  de  vidametropolitana (1957), describió aquella festividad que fue una de las más importantes de su tiempo:

“Recorrer  el  canal  en  trajineras  hasta  la  altura  de  la  bifurcación del camino a Iztapalapa [actual avenida Ermita] era entonces un placer. Se embarcaba uno […] al comienzo de la calzada y tras de pasar la fábrica de licores La Gran Unión, abundaban las fincas campestres, todas ellas muy pintorescas. […] Jamaica, Santa Anita, Iztacalco, Mexicaltzingo, iban desfilando  poco  a  poco  ante  la  vista  del  paseante,  que  si  desembarcaba, en cualquier sitio que fuese, hallaba donde divertirse. […] El puente de Jamaica fue siempre muy bajo, y las canoas quitaban sus toldos, teniendo los pasajeros que agacharse. Las que venían cargadas generalmente dejaban allí su mercancía, naciendo de tal costumbre el mercado de verduras que aún existe [el mercado de la Merced]”.

Pero no sólo concurría la gente a dicho recorrido los Viernes de Dolores.  También los domingos centenares de paseantes buscaban diversión en las fincas de recreo;  según  De  Icaza,  eran  más  de  cien  fincas  donde  la  gente  comía,  bebía  pulque  y  bailaba  al  compás  del  jarabe,  el  danzón,  el  fox-trot  y  todos  los  bailes  que  estaban de moda.

Ese mundo de música y comida murió al transformarse el canal en un camino de tierra por disposición gubernamental, ya que en sus últimas décadas de vida era un cauce de aguas turbias. En la década de 1920, el historiador Luis González Obregón evocó en Las calles de México:  “Aquellos  barrios,  calles  y  callejones,  conservaban  todavía  los  canales  de  aguas  pestilentes,  inmundas, pero que aquella mañana [del Viernes de Dolores] desaparecían bajo infinidad de canoas pequeñas y  grandes,  cubiertas  de  flores  y  frutos,  con  nervudos  remeros y vendedoras parlanchinas”.

El canal de la Viga –y por ende, el paseo de Santa Anita– fue  captado  por  el  lente  de  muchas  cámaras;  además inspiró algunas canciones populares, como la copla  que  decía:  “Vámonos  a  Santa  Anita,/vámonos  y ya verás,/y oirás a las pateras [vendedoras de pato]/ay,  cómo  gritan”;  o  bien  una  danza  evocativa,  escrita  en 1931 por el compositor oaxaqueño José López Alavés, que describía poéticamente una tradición que estaba a punto de perderse y que hoy forma parte de la memoria de nuestras vías pluviales:

Viejo canal de la Viga

cuántos te recordarán,

has sido muy buen amigo

de esta bella capital.

[…]

Han recorrido tus aguas

desde tiempo inmemorial

lanchas cargadas de flores,

de legumbres, maíz y trigo

pa’ sustentar a este pueblo

de la Gran Tenochtitlán.

 

Ríos y canales principales de la ciudad  de México en la década de 1860

 

1. Río de los Morales

2. Río de Tacubaya

3. Río de la Piedad

4. Río de los Remedios

5. Río Consulado

6. Río de Tlalnepantla

7. Río Churubusco

8. Río Mixcoac

9. Río Becerra

10. Canal de la Viga/Canal de Chalco/Canal Nacional

11.  Canal de San Lázaro

12.  Río Magdalena

13.  Río San Juan de Dios

14.  Río San Ángel/Río Chico/Río Tizapán

15.  Río San Joaquín

16.  Río San Buenaventura

17.  Río de Guadalupe

Esta publicación sólo es un fragmento del artículo “¿Adiós a los ríos?” de el autor Pablo Dueñas se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 84.

Tomado de: http://relatosehistorias.mx/nuestras-historias/que-avenidas-importantes-de-la-ciudad-de-mexico-eran-caudalosos-rios-de-agua

Un siglo de la Gran Guerra – 1914-1918, el ruido y la furia

…las guerras internacionales y civiles, las revoluciones y movimientos sociales aparecen en esa lógica como meras fuerzas multitudinarias cuyos resultados reconfiguran y hacen avanzar las transformaciones de la revolución industrial y el mercado mundial, todo esto a contrapelo de las continuas proclamas emancipadoras de sus caudillos que han tratado de justificarlas y legitimarlas

Postmetrópolis. Edward W. Soja

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“…dicha Primera Revolución Urbana resulta más evidente en dos lugares representativos y generativos, Jericó, en el Valle de Jordania, y Çatal Hüyük, en el sur de Anatolia. Tanto Jericó como
Çatal Hüyük comenzaron como asentamientos urbanos preagrícolas de cazadores, recolectores y comerciantes. Posteriormente trataré de argumentar que como consecuencia del impacto del sinecismo (el impulso al desarrollo que se deriva de hábitats densamente poblados y del estímulo de la aglomeración urbana) las primeras ciudades incubaron el desarrollo de la agricultura a gran escala y organizaron la cría de animales, invirtiendo lo que había sido concebido convencionalmente como una secuencia histórica en la cual la así denominada Revolución Agrícola precedía al desarrollo de las primeras ciudades verdaderas.

Postmetrópolis supone uno de los mayores desafíos teóricos realizados hasta el momento a fin de comprender las transformaciones que están dando cuerpo a los mundos urbanos contemporáneos. Sus análisis se deslizan sobre las principales líneas de mutación de la vida urbana: la reordenación económica de las grandes metrópolis, las nuevas formas de organización espacial de estas megaciudades, las dinámicas de polarización y segregación social, la creciente complejidad cultural y étnica de los espacios urbanos, el reforzamiento de los dispositivos de control y la infiltración de las realidades virtuales en la vida cotidiana. Su objetivo sin embargo no se limita a cartografiar, con notable precisión empírica, los artículos de esta nueva constitución metropolitana. Con una perspectiva más ambiciosa, este libro pretende aportar también una amplia revisión de las aproximaciones y enfoques aplicados a los estudios sociales. Un trabajo de valoración y selección crítica que consigue extraer lo que todavía hay de vivo y de actual en el pensamiento crítico espacial. Al fin y al cabo, la pregunta que orienta esta investigación sigue siendo la siguiente: ¿qué tipo de conocimiento es el más eficaz a la hora de afrontar una política a la altura de esta gran transformación urbana? Edward W. Soja es profesor de la Universidad de California y de la London School of Economics. Su trabajo se ha dirigido principalmente a reconocer la radical novedad de las formas de habitar y experimentar el espacio en las grandes urbes contemporáneas. Estos cambios exigen, a su entender, una revisión igualmente radical de las herramientas y los conceptos geográficos que acabe por otorgar una nueva centralidad a la «dimensión espacial» en el framework de los estudios sociales. E. Soja es además la figura más relevante de lo que se ha dado en llamar la escuela de estudios urbanos críticos de Los Ángeles. Sus principales obras son Postmodern Geographies (1989) y Thirdspace (1996), trilogía completada con el presente volumen.

Libro: Postmetrópolis. Edward W.Soja

La cuna de los dioses

“La teoría más comúnmente aceptada en muchos sectores –economía, historia, antropología- da por supuesto que las ciudades se construyen sobre una base económica rural. Si mis observaciones y mis razonamientos son correctos, sucede lo contrario: las economías rurales, incluido el trabajo agrícola, se construyen directamente sobre la base de la economía y el trabajo urbanos.  Jane Jacobs en La Economía de las Ciudades

El santuario más antiguo del mundo

“Los muertos fueron los primeros que contaron con una morada permanente…los judios reclamaron como patrimonio suyo la tierra donde estaban situadas las tumbas de sus antepasados… La ciudad de los muertos es anterior a la ciudad de los vivos” Lewis Munford en La ciudad en la historia. Sus origenes, transformaciones y perspectivas.

El santuario más antiguo del mundo

 

Uno de los círculos con pilares que ha sido excavado por el equipo de Klaus Schmidt en Göbekli Tepe.

En 1994, Klaus Schmidt descubrió en Turquía unas construcciones erigidas en el Neolítico que podrían ser los templos más antiguos del mundo

En octubre de 1994, el arqueólogo alemán Klaus Schmidt emprendió una misión de reconocimiento en el sur de Turquía. Schmidt había leído el informe de un arqueólogo de la Universidad de Chicago, que en la década de 1960 descubrió un montículo con restos arqueológicos en los alrededores de una aldea cercana a Urfa. En su opinión, el lugar no tenía gran interés, y sólo destacó la presencia de algún cementerio medieval y varios artefactos de sílex. Pero Schmidt tuvo una corazonada y quiso comprobarlo personalmente.

Schmidt y su equipo empezaron a buscar el lugar, al principio sin éxito. «Nos detuvimos sin ver rastro arqueológico alguno, sólo las huellas de los rebaños de ovejas y cabras». Al fin, a 14 kilómetros de la ciudad de Sanliurfa, localizaron un montículo que los lugareños llamaban Göbekli Tepe, «colina panzuda». Schmidt se dio cuenta enseguida de que el montículo no era natural, sino resultado de la actividad humana. En su superficie hallaron fragmentos dispersos de piedra caliza y gran cantidad de astillas de sílex: «Mientras nos aproximábamos a la colina, la superficie comenzó a brillar […]. Era como una alfombra de miles de cristales de fuego: fragmentos de artefactos producidos por el hombre».

En cuestión de minutos se hizo evidente la importancia del descubrimiento. Los arqueólogos pronto tropezaron con fragmentos de grandes bloques tallados e identificaron asimismo restos de escultura. La decisión de Schmidt estaba tomada: «Mi plan, que en este otoño era visitar aún muchos yacimientos neolíticos, se evaporó rápidamente en vista de este descubrimiento. ¿Cómo era posible que este lugar hubiera pasado desapercibido hasta ahora?».

La construcción de un templo en Göbekli Tepe

Levantar las estructuras monumentales de Göbekli Tepe tuvo que implicar el trabajo organizado de muchas personas, tal como muestra esta ilustración. Los constructores procedían de asentamientos muy alejados entre sí, y cuando terminaban un nuevo templo enterraban el antiguo.

Pilares y relieves

Las excavaciones se iniciaron al año siguiente y sacaron a la luz unas impresionantes construcciones megalíticas: al menos veinte círculos de pilares de piedra caliza, en forma de T, que presentaban determinadas características humanas y estaban decorados con una serie de relieves de animales, algunos muy refinados. Los análisis demostraron la enorme antigüedad del yacimiento, que se sitúa en torno a 9000-7500 a.C., es decir, en pleno Neolítico.

El conjunto está formado por varias estructuras sucesivas, construidas una encima de la otra. Aunque todavía no es posible establecer una secuencia cronológica clara, resulta evidente una fase más antigua en la que los pilares son más grandes, elaborados y ricos en relieves. Los monolitos de mayor tamaño (colocados en el centro de las estructuras) debían tener originalmente una altura de 5,5 metros y estaban tallados en una sola pieza que podía pesar 40 toneladas. En la fase más reciente se redujo el tamaño de los pilares y éstos se anclaron en el suelo con menos habilidad. Los relieves eran de menor calidad y las estructuras aparecían rodeadas de muros rectangulares. Al final, la actividad en Göbekli Tepe cesó por completo en torno a 7500 a.C.

¿Era un santuario?

En 2000, Klaus Schmidt expuso la teoría de que Göbekli Tepe fue un centro religioso en el Neolítico, lo que lo convertiría en el templo más antiguo de la historia; al menos seis milenios anterior al complejo megalítico de Stonehenge, en Gran Bretaña. Según Schmidt, el complejo habría sido construido por grupos de cazadores-recolectores que peregrinaban periódicamente desde un área de doscientos kilómetros a la redonda para celebrar rituales asociados a las fuerzas animales que se representaban en los pilares del complejo.

La interpretación de Schmidt se basa en los relieves labrados sobre los pilares de Göbekli Tepe. Estos pilares –comparables con los de los cercanos templos de Nevali Çöri, anegados por una presa de reciente construcción– parecen figuras humanas estilizadas, sin cabeza, con brazos esculpidos a cada lado y acabados en unas manos que se dirigen hacia el vientre, cubierto con una especie de taparrabos. Todos miran hacia el interior del círculo, «como en una reunión o una danza». Según Schmidt, representan el inframundo. La falta de cabeza se relacionaría con la costumbre de retirar los cráneos de las sepulturas. El enterramiento de las estructuras también resulta intrigante: ¿Perdían su poder espiritual con el tiempo? ¿O la ceremonia estaba asociada a algún hecho o personaje, como el jefe de un clan?

Representación humana en piedra localizada cerca de Göbekli Tepe.

Representación humana en piedra localizada cerca de Göbekli Tepe.

En el año 2000, el arqueólogo alemán Klaus Schmidt lanzó una teoría revolucionaria al proponer que Göbekli Tepe, datado entre 9000-7500 a.C., fue el primer templo de la historia de la humanidad

Teoría revolucionaria

Schmidt cree que el descubrimiento de Göbekli Tepe cambia nuestra comprensión del desarrollo del Neolítico. Frente a la tesis convencional de que la invención de la agricultura propició el paso a un modo de vida sedentario, Schmidt considera que en el caso de Göbekli Tepe el motor del cambio fue la religión. Fueron grupos de cazadores-recolectores seminómadas los que comenzaron a asentarse en la zona para almacenar y defender sus fuentes de comida con el objetivo de proveer al templo. Sin embargo, estudiosos como Ted Banning han puesto en duda que Göbekli Tepe fuera exclusivamente un centro religioso y no un asentamiento, así como que sus constructores fueran cazadores-recolectores, pues se han hallado pequeños molinos y hoces de sílex, propios de agricultores.

Las prospecciones geofísicas en Göbekli Tepe han mostrado que el yacimiento tenía 90.000 metros cuadrados de extensión y que aún quedan sepultados otros quince recintos. Al parecer, alguno de ellos podría ser más antiguo que los cuatro excavados hasta la fecha, remontándose a finales de la última glaciación, hace unos 15.000 años; sería, por tanto, 5.000 años anterior a las primeras evidencias de agricultura.

Animales protectores

Animales protectores

Jabalíes, zorros, escorpiones, serpientes y grandes felinos, como el de la imagen, pueblan los pilares de Göbekli Tepe. Todas eran bestias peligrosas que acechaban los asentamientos humanos de la región. Schmidt postula que podía tratarse de espíritus guardianes, cuya función era proteger a las figuras humanas representadas en los pilares

Tomado de http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/gobekli-tepe-el-primer-templode-la-historia_6363/4

Nunca, jamás, hubo una ciudad tan asquerosa como Londres en 1858

Todo comenzó en el verano de 1858, un verano tremendamente caluroso. A ello hay que sumarle un gran problema en la ciudad de Londres: el odioso hedor que desprendían los excrementos humanos que se alzaban sobre el río Támesis. Un olor que se filtraba por los salones sagrados de las Cámaras del Parlamento llegando a detener algunas sesiones.

Dicen que muchos políticos y gente pudiente huyó de la ciudad a las residencias en el campo. Los legisladores acordaron que se necesitaba una acción urgente para purificar Londres del mal olor, un olor que además se atribuía como causa de muchas de las enfermedades y muertes de aquellos días. El resultado, tal y como veremos, supuso uno de los hitos en la historia de la planificación urbana, un proyecto monumental que mejoró como nunca antes la salud pública.

El gran hedor

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Caricatura de la época. Wikimedia Commons

Estas cosas los turistas y la mayoría de la gente no las percibe, de hecho no suelen salir en los mapas de la ciudad, pero escondido debajo de la superficie de la ciudad de Londres se extiende una maravilla del mundo industrial: hablamos del vasto sistema de alcantarillado que todavía hoy fluye por la capital.

Londres es antigua, muy antigua, pero a mediados de 1800 urgía de un gran cambio que tenía que ver con la salud, una reforma probablemente más importante que cualquier otro problema y que se había demorado demasiado tiempo.

La razón estaba en el Támesis. Durante siglos, la principal artería de la ciudad se había duplicado como vertedero de desechos humanos, animales e industriales. Y Londres siguió creciendo en población sin que nadie tuviera en cuenta la acumulación de mierda. Dicen que en mitad del siglo XIX Londres era la ciudad más grande del mundo en cuanto a población. Imagínense entonces el nivel de hedor que desprendía el río.

Sin embargo, el problema no era sólo el Támesis. Existían carencias de planificación en las viviendas y la infraestructura en general. Las cañerías y tuberías de la ciudad estaban mugrientas y anticuadas, la mayoría picadas. Además, el aparente progreso de los inodoros no hizo más que empeorar la situación. Esto incrementó en gran medida el volumen de agua y desperdicios vertidos en los pozos negros. Con frecuencia, los pozos rebosaban hacia los desagües de las calles, originalmente diseñados para recoger solo el agua de la lluvia, transportando así vertidos procedentes de las fábricas, mataderos y otras actividades, y contaminando la ciudad antes de descargar en el río Támesis.

El experimento de Michael Faraday. Wikimedia Commons

Dicho por una eminencia de la época, el científico de la Royal Institution, Michael Faraday, el río Támesis era un “líquido opaco de color marrón claro”. Faraday quiso abrir los ojos de los gobernantes con un curioso experimento. El hombre tiró pedazos de papel blanco en el río y encontró que los papeles desaparecían de la vista apenas habían comenzado a hundirse. La mierda no los dejaba ver. El trabajo del científico fue publicado por los medios y la sociedad se hizo eco de la necesidad de un cambio rápido.

El problema se agravó cuando se dieron cuenta de que estaba muriendo gente por beber el agua del río. Hasta entonces se creía que los vapores fétidos sólo podían golpear a un hombre muerto. El resultado se tradujo en oleadas de enfermedades transmitidas por el agua tales como la disentería, la fiebre tifoidea o la más temida de todas, el cólera.

Y lo peor de todo es que no había o no se sabía de una cura para esta “plaga”. Con los cuerpos amontonándose la solución, de existir, tenía que llegar rápido. Los medios y la opinión pública comenzaron a presionar. Mientras, los científicos buscaban soluciones.

A Drop of Thames Water. Wikimedia Commons

Investigando sobre la propagación del cólera en el barrió del Soho en 1854, el doctor John Snow dedujo que la causa era el agua contaminada. Su evidencia incluía a los 70 trabajadores de una cervecería local que sólo bebían cerveza, y todos habían sobrevivido. Sin embargo, los funcionarios de la salud pública tardaron en convencerse debido a la teoría imperante, la conocida como teoría miasmática de la enfermedad.

Se trata de una teoría formulada por Thomas Sydenham según la cual, los miasmas (el conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras), eran la causa de enfermedad. Dicho de otra forma, creían que la culpa de los males era del vapor nocivo en el aire.

Sin embargo y como suele ocurrir en toda la historia de la humanidad, cuando el hedor llegó a las altas esferas y no permitió trabajar a las Cámaras del Parlamento, entonces se pensó en un plan urgente. El río apestaba y no había dudas de que estaba correlacionado con la salud de la ciudad. Mientras tanto y como métodos para paliar aquella situación se dieron situaciones ciertamente surrealistas. Muchos parlamentarios se envolvían tras las cortinas empapadas de cloruro de cal para contrarrestar los vapores.

El sistema de alcantarillado de Londres

Trabajadores comenzando la monumental obra. Wikimedia Commons

En este punto surge la figura de Benjamin Disraeli, el líder conservador que introdujo la legislación que iba a “purificar el Támesis y el drenaje de la metrópoli”. Se organiza un Consejo Metropolitano de Obras, se recaudan 3 millones de libras y se ordena que debe destinarse a las obras de saneamiento. Para ello fichan al ingeniero Joseph Bazalgette, quién ya había pasado varios años exasperando la elaboración de planes para un nuevo y ambicioso sistema de saneamiento. Planes que desgraciadamente se habían archivado hasta ese momento.

Con todo listo el gobierno da el visto bueno para comenzar la construcción elaborada por Bazalgette. El plan del hombre, que fue modificándose a medida que avanzaba la obra, se basaba en una extensa red de alcantarillas principales, todas paralelas al río, que interceptarían tanto aguas superficiales como residuos que irían a parar a los desagües de Barking (al norte del Támesis y Crossness) y al sur.

Apertura del Príncipe Edward. Wikimedia Commons

Estos desagües combinados desviaban el agua de lluvia y el efluente río abajo donde irían a parar al mar. La red incluía 130 kilómetros de alcantarillado nuevo, grandes pasadizos subterráneos, incluso más grandes que muchos túneles de trenes de la época. Con una caída mínima de medio metro por kilómetro y medio, las principales alcantarillas de drenaje emplearon la gravedad para conducir todo su contenido aguas abajo mientras las alcantarillas más pequeñas tenían forma de huevo para fomentar el flujo.

También se construyeron estaciones de bombeo en las zonas de Chelsea, Deptford, Abbey Mills y Crossness para elevar las aguas residuales de las zonas bajas y descargarlas hacia las desembocaduras. De hecho, las dos últimas fueron trabajos arquitectónicos increíbles que evocaban a las catedrales por sus dieños y dimensiones. Era toda una muestra de grandeza, un proyecto enorme y simbólico que anunciaba orgulloso una nueva era, la de una ciudad de Londres sana.

Construcción de Victoria Embankment. Wikimedia Commons

No sólo eso. El esquema también implicó el desafío enorme en el Támesis, creando los terraplenes de Victoria, Albert y Chelsea. Gracias a los informes y al trabajo de Bazalgette sobre el drenaje y la recuperación de tierras, los terraplenes de Londres fueron diseñados no sólo para transportar túneles (incluyendo el metro), sino para ayudar a limpiar el río y fortalecer su flujo a través del centro de la ciudad.

Lo cierto es que, aunque el conjunto de los terraplenes fueron la obra más destacada de Bazalgette y aquellas por las que recibió el mayor crédito, es en Victoria Embankment donde se puede encontrar un monumento al ingeniero que posteriormente sería nombrado caballero (en 1875). Fue su mayor logro y dicho terraplén enlazaba la City of Westminster con la City of London.

Caricatura de Bazalgette y su obra. Wikimedia Commons

Así se logró uno de los grandes hitos urbanísticos de la historia. Se había creado la “obra más extensa y maravillosa de los tiempos modernos”. Un trabajo que no tardó mucho tiempo en demostrar su valor. En 1866 la mayor parte de Londres se salvó de un brote de cólera que afectó a parte del East End, la única sección que aún no estaba conectada al nuevo sistema.

Para muchos, la extraordinaria obra de Bazalgette estaba asentada a partes iguales en la sencillez y el nivel de previsión que tuvo. Hay que pensar que la infraestructura fue planeada para acomodar un crecimiento de la población de un 50% (por aquel entonces de 3 a 4 millones de personas). En los 30 años que tardó en finalizarse la obra, la población de la ciudad se había duplicado de nuevo hasta los 6 millones. Eso dice mucho de la calidad del diseño y la construcción que, con mejoras y adiciones en el tiempo, siguió siendo la columna vertebral del sistema de alcantarillado hasta la actualidad.

Tomado de : http://es.gizmodo.com/nunca-jamas-hubo-una-ciudad-tan-asquerosa-como-londre-1792680703?utm_campaign=Gizmodo_facebook_SF_es&utm_source=Gizmodo_facebook_es&utm_medium=Socialflow