Ensayo para un hiperlibro

Introducción

“Investigar la ciudad es, por consiguiente, una forma de examinar los enigmas del mundo y de nuestra existencia”  Lea Virgine

Escribe Italo Calvino en Ciudades invisibles:

“Creo que lo que el libro evoca no es sólo una idea atemporal de la ciudad, sino que desarrolla, de manera unas veces implícita y otras explícita, una discusión sobre la ciudad moderna. A juzgar por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el libro toca sus problemáticas en varios puntos y esto no es casualidad porque el trasfondo es el mismo. Y la metrópoli de los big numbers no aparece sólo al final de mi libro; incluso lo que parece evocación de una ciudad arcaica sólo tiene sentido en la medida en que está pensado y escrito con la ciudad de hoy delante de los ojos.” . Sin ánimo de comparación sus palabras describen el objetivo de este blog siempre en construcción-destrucción, como nuestras ciudades.

Escribe Jane Jacobs en La economía de las ciudades:

“La teoría más comúnmente aceptada en muchos sectores –economía, historia, antropología- da por supuesto que las ciudades se construyen sobre una base económica rural. Si mis observaciones y mis razonamientos son correctos, sucede lo contrario: las economías rurales, incluido el trabajo agrícola, se construyen directamente sobre la base de la economía y el trabajo urbanos. 

Claude Levi-Strauss en su Tristes Trópicos escribió:

“La escritura es una cosa extraña, es un fenómeno que inevitablemente viene acompañado por la formación de ciudades e imperios: la integración de un sistema político, es decir, de la distribución de un considerable número de personas en una jerarquía integrada por castas y clases…tal parece que más bien favorece la explotación que la ilustración de la especie humana. (1964,291)

Lewis Mumford escribió en La utopía, la ciudad y la máquina:

“Aunque he sido durante mucho tiempo un estudioso tanto de las utopías como de las ciudades, solamente en los últimos años han salido a la luz datos suficientes para sugerirme que el concepto de utopía no es una fantasía especulativa helénica, sino una derivación de un acontecimiento histórico: en efecto, la primera utopía fue la ciudad como tal. Si consigo establecer esta relación, se esclarecerá más de una cuestión, siendo de relativa importancia la explicación de la naturaleza autoritaria de tantas utopías.”

Ciudad es civilización; si aceptamos que la ciencia histórica o más bien los historiadores modernos se propusieron, en principio, escribir la historia del ser humano desde la aparición, invención o revelación de la escritura hasta más o menos nuestros días, se infiere de esto que el historiador debe o debería, simultáneamente,  seguir los desarrollos y ramificaciones de esta habilidad gráfica, cosa que rara vez se hace. Esto, como se verá, no es una omisión menor.

Partiendo de la idea de que sólo lo consignado en los documentos de los archivos puede ser revelador de testimonios verdaderos de la vida humana en el pasado -idea que ha sido superada actualmente- se siguió al estudio de los textos alfabéticos clásicos griegos y latinos, práctica heredada de los filólogos,  y luego al desciframiento de otro tipo de escrituras, tales como los jeroglíficos egipcios, los signos cuneiformes de Mesopotamia y otros más.

A lo largo del siglo XIX la emergencia y desarrollo de al Arqueología incorporó a la categoría de objetos de estudio a los monumentos antiguos, las “ruinas arqueológicas” y a todo tipo de utensilios que se clasificaron como vestigios de civilizaciones antiguas. Actualmente la Arqueología ha extendido sus dominios a otros tiempos más recientes, ejemplo de ello es la llamada Arqueología Industrial, misma que ha desarrollado su propia museografía y que es trabajada por historiadores.

Aún cuando para el historiador tradicional el documento de archivo sigue siendo la fuente por excelencia, paulatinamente ha incorporado el tipo de objetos y métodos de estudio de los arqueólogos y de los antropólogos.

Así, la historia llamada cultural ha traído nuevos objetos de estudio y elementos conceptuales varios. Peter Burke en su libro Visto y no visto escribe: “Tradicionalmente los historiadores han llamado a sus documentos ‘fuentes’, como si dedicaran a llenar sus cubos en el río de la verdad y sus relatos fueran haciéndose más puros a medida que se acercan más a los orígenes […] como decía el historiador holandés Gustaaf Renier (1892-1962), convendría sustituir la idea de fuentes por la de ‘vestigios’ del pasado en el presente. El término ´vestigios’ designaría los manuscritos, libros impresos, edificios, mobiliarios, paisaje (según las modificaciones introducidas por la explotación del hombre, y diversos tipos de imágenes: pinturas, estatuas, grabados o fotografías.

Los historiadores no pueden ni deben limitarse a utilizar las imágenes como ‘testimonios’   en sentido estricto …debería darse cabida a lo que Francis Haskell llamaba ‘el impacto de la imagen en la imaginación histórica’ ” (p.16) 

Si bien el libro citado de Burke se ocupa de la “utilización de diferentes tipos de imágenes como lo que los juristas llaman’testimonios administrativos‘ delos distintos tipos de historia”, en su planteamiento general implica que todo objeto susceptible de interpretación es o puede ser un ‘vestigio’ histórico. Y así es. El asunto es establecer cómo y por qué puede ser así.  Incluso aquello que en una primera instancia no es obra deliberada del ser humano como cuando se incluye al paisaje.

Cuando se estudia al documento de un archivo oficial se presupone una intencionalidad inequívoca en el autor, generalmente desconocido, un escribano o secretario. Esta fidelidad con un formato obligatorio que produce documentos uniformes y en serie fue establecida por la maquinaria archivística del estado moderno. Esta formalidad en la presentación de datos, se confunde con el hallazgo de “la verdad”. En cambio una epístola o una crónica de autor con nombre se someten a la duda y se les aplica el ‘método histórico crítico’ adoptada del filólogo por los fundadores de la ciencia histórica que escribieron historias del mundo antiguo clásico, pienso en Niebuhr o en Gibbon.

Para los filólogos y los primeros historiadores modernos la hermenéutica, de vieja raigambre religiosa y filosófica fue una herramienta de primer orden. Sin embargo, interpretar los textos ha sido un ejercicio que con método explícito o no,  hacemos todos los humanos. Reintroducida la hermenéutica en las Ciencias Sociales por filósofos como William Dhiltey y Paul Ricoeur, los estudios sobre los juegos del lenguaje de Ludwig  Wittgenstein y otros estudios del lenguaje dieron lugar al llamado ‘giro lingüístico’ en la historiografía. Esto apunta a la reconsideración sistemática de la escritura como hilo conductor de la trama histórica. Es un avance significativo sobre el que regresaré más adelante.

Baste por ahora decir que esta visión interpretativa, si se  extiende a todos los objetos o ‘vestigios’ sienta las bases para establecer a la civilización-ciudad-escritura como estrategia historiográfica.

En el libro Las leyes de los medios de Marshall McLuhan, publicado póstumamente y organizado por su hijo Erik se puede leer lo siguiente:

“Todos los artefactos humanos son locuciones humanas, o proferimientos, y como tales son entidades lingüísticas y retóricas. Al mismo tiempo la etimología de todas las tecnologías humanas puede encontrarse en el cuerpo humano: son, por así decirlo, aparatos ortopédicos, mutaciones, metáforas del cuerpo o de sus partes… Esto es colocar el moderno estudio de la tecnología y los artefactos, por primera vez sobre una base humanista y lingüística.”

Este concepto nos pone en el camino de ubicar a todo ´vestigio’ en el campo de la historiografía, en particular a todo aquello que ha sido creado por sistemas de escritura: las estelas, los códices, las tablillas de arcilla, los manuscritos antiguos y nuevos, los libros impresos y electrónicos, las partituras musicales, los programas de computación, los ‘quipus’ de los incas, el ábaco, la filmografía, los mapas, los planos arquitectónicos, y un largo etcétera. Pero también a esos sistemas de escritura mismos: las notaciones y sus reglas. Esto pone en perspectiva a la escritura propiamente dicha no sólo como el instrumentos para producirla, sino como un elemento de estudio consustancial de la historiografía;  recuperando así el sentido profundo y recursivo que tiene la narración en cuanto núcleo esencial de la cultura.

Pero también, cuando se incorpora a los edificios, monumentos, utensilios, herramientas, máquinas, vestimenta, vivienda, espacios y paisajes, tenemos que considerarlos como la “escritura” de la acción. Es decir, todos ellos como ‘vestigios’ o indicadores del devenir de la civilización y a la ciudad como el espació-tiempo de donde emerge todo esto, tal como lo propone Jane Jacobs en su libro La economía de las ciudades

En Artes de hacer, De Certeau establece las relaciones entre la escritura, la lectura y el habla y entre el espacio pensado y definido y el practicado y transformado. Entendiendo todo acto de consumo como una práctica de lectura, y toda producción como un acto de escritura, la nuestra es una sociedad convertida en texto y lectura, agotadoramente lectora de mensajes verbales, de imágenes, de sonidos… de todo un espectáculo para la mirada. Ésta mirada es, sin embargo, todo menos pasiva. De Certeau entiende la lectura en sus tácticas, sus maneras de cazar el objeto y hacerlo propio, de combinar, metaforizar y crear paisajes inexistentes. El acto de transformación poética de la lectura es propio de toda práctica de uso y consumo. En el uso de la lengua, de un sistema de signos, una sintaxis y una gramática, de un conjunto de sentidos literales, el habla es acto transformador de sentido, operación propia de creación. La palabra enunciada es la práctica de la lengua, así como el paseo por la ciudad es la práctica del sistema urbano, es el acto de enunciación de la ciudad. La palabra articulada es un lugar practicado.

(econtinuará)

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